Menudo vecindario (II)

Un domingo bajábamos JM y yo en ascensor (JM nunca baja andando, ya hace ejercicio en el gim) y se nos coló la vecina del 7o E. No dio tiempo a que se cerrara la puerta (cuando uso el ascensor me gusta hacerlo solo, así que nunca espero a los que suben o bajan, pulso corriendo el botón que sea y ayudo -empujándola- a que la puerta eche el cierre). El caso es que la mujer, de sopetón, nada más empezar aquello a moverse, inició un diálogo tal que así:

– ¿a que no sabéis qué me ha pasado? (Ojos llorosos, voz de gato malherido)

– pues no, ¿qué le ha pasado? (Caras de sorpresa, cejas levantadas, miradas de expectación)

– que se me ha muerto el marido (Cabeceo lastimero y subida hasta el regazo de la bolsa de basura como si fuera el bolso y ella la reina de Inglaterra)

– ¿¿¿qué dice??? ¿¿¿cuándo??? (Manos a la cabeza, ojos fuera de las órbitas)

– hace una semana (Sollozo…)

Aquí, durante unos segundos, se cortó la conversación porque nos pusimos ambos muy calladamente a cagarnos en su padre. Menudo susto, porque los dos creímos que el buen señor se acababa de quedar tieso y que a su santa esposa, en un ataque de enajenación, en vez de socorrerlo le había dado por salir a tirar la basura.

No sabíamos que el “catalán” (apelativo de lo más original con el que le había bautizado la comunidad vecinal por ser originario de algún lugar de Cataluña) estuviera enfermo. De hecho, no hacía mucho que lo habíamos visto volviendo una tarde de la compra. Así que enterarnos de que se había muerto nos cogió de sorpresa. La maledicencia de que su mujer estuviera un poco trastornada (que también ha salido del vecindario) hizo el resto hasta casi el soponcio. En el lapsus, brevísimo, entre el qué y el cuándo, se me pasó por la cabeza un panorama de película de Fellini, con nosotros subiendo a todo correr hasta la casa del finado, caído en el sofá, amarillo como una vela y frío como el hielo, tratando de reanimarlo, llamando a una ambulancia, esperando al resto de la familia con la esposa bajo custodia en el dormitorio, y al final, viendo como a él lo sacaban en una caja de madera y a mi en un camilla desmayado de la tensión.

A la “catalana” (que es la mujer del “catalán”, por supuesto) era el segundo marido que se le moría. Eso lo supe después, porque de haberlo sabido aquel día la imaginación en la escena del óbito hubiera estado más desbocada y truculenta. Por supuesto, el menda no ha vuelto ni a subir ni a bajar en el ascensor con esta señora.

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