Menudo vecindario (I)

Ya lo he dicho más veces, pero no soporto a mis vecinos.

En el sexto vive una señora mal encarada que heredó la casa de su madre (o de su hermana, JM y yo no sabemos bien, porque las dos eran parecidas de viejas), que se murió una noche entre quejidos que por lo visto se pudieron oír en el patio interior. También heredó un perrucho que ya casi ni se tiene, y que huele que apesta. El caso es que esta tiparraca, cada vez que nos cruzamos en el portal, se me queda mirando como si yo no viviera allí y además fuera a robarle la cartera o a entrarle en el piso. Por supuesto, no dice ni hola. Me da una rabia terrible, así que he decidido mirarla yo también con ojos desafiantes (es fácil hacerlo: se entrecierran mientras se sacan un poco hacia fuera, y se fruncen el ceño y el morro). El día que me diga algo, me la como. O la mando directamente a la mierda, como ya hice por el telefonillo del portal en una ocasión con el del segundo.

Los del segundo tenían colocada hace tiempo una planta de plástico de esas de dos metros en un lateral de su puerta, justo el que da a la escalera, y dificultaba el paso. Yo bajo andando (para hacer ejercicio), y cada vez que pasaba por su piso, estaba a punto de tirarla con la bandolera en la que llevo papeles del curro. Le dije al jefe de escalera (otro que tal baila) que debería pedirles que la cambiaran de sitio, porque donde estaba puesta era un peligro si algún día había que salir por patas o bajar a alguien sin usar el ascensor. Y sí que se lo dijo, dejando claro que el que se había quejado era yo. La mujer de la casa se cercioró de mi identidad, y su marido (un enano cabezón que vuelve de noche con gafas de sol y huele mucho a sudor) no tuvo mejor idea que montarme un pollo por el telefonillo: que si tanto no molestaba, que si en el otro lado no podían ponerla porque no dejaba abrir el cajetín de las llaves del agua, y que si debería habérselo dicho directamente a él en vez de al jefe de escalera. Me subió el calor hasta la garganta, porque además me estaba chillando, y literalmente le respondí que lo había hecho así porque no quiero relacionarme con ningún vecino porque no los aguanto, y que se fuera a la mierda. La planta amaneció un día en la basura (de la rabia que les dio el asunto la tiraron ellos, no fui yo) y ni el cabezón ni su señora esposa me hablan desde entonces.

En otro post contaré el susto que me dio la del 7º E, mi vecina de enfrente, un día en el ascensor a cuenta de que se le había muerto el marido. Y lo de la paranoia de la del 9º G con la compra de un nicho.

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