Una de toros (y III)

El público de la feria me llama mucho la atención. Unos sitios más allá del mío había dos señoras que cada vez que salía el picador por la puerta ya estaban insultándolo. Que si gordo (esto debe de ser condición sine qua non), que si torpe, que si inútil. Y justo después de clavar la puya (iba a decir lanza, pero fijo que me meto en un lío) se unían al coro general del “que lo vas a mataaaar”, como si el toro hubiera salido con la firme intención de morirse él solo, y no fueran a banderillearlo ni espadarlo poco después. Los pitos y los gritos sólo acaban cuando el gordo del caballo desaparece por el callejón.

Luego está lo de los gritos a la banda de música. El unánime es el de “vagos”, que actúa como un resorte para que los ocho o díez maestros que ocupan la grada se pongan a tocar algo, canciones de hoy y de siempre que no se pasan de moda (y que se pueden escuchar en cualquier fiesta de pueblo ahora en verano). Yo creo que en los cuatro toros que aguanté sólo les oí tocar una vez, y encima el torero les hizo callarse porque le debían estar mareando. Pero también puede que el estado de shock en el que estuve sumido desde la muerte del primero no me dejara fijar más de sus ejecuciones en la memoria. No creo que estos señores cobren un extra por ir a la plaza a pasar la tarde, y si lo hacen, casi es mejor una megafonía y unas cintas de cassette (¿habrá cedeces con música para los toros?).

El colmo del paroxismo llegó con las dos señoras de antes dando olés como locas al torero cuando le metió la espada hasta la empuñadura a uno de los animales, y después, cuando lo arrastraban, lamentándose por la pena que les daba el pobre bicho. Sin despeinarse (y sin quitarse las gafas de sol modelo “La Pantoja” a pesar de estar en grada y sin sol), eun un dualidad de espíruto muy encomiable porque dejaba contentas a todas las conciencias. A la izquierda, al otro lado de la verja con pinchos que separa sol de sombra, una señora no dejó de gritar las frases al uso, y o lo hacia con excesivo entusiasmo, o lo hacia cuando no debía, pero se llevó unas soberanas broncas del respetable de su alrededor, que en los descansos de sus propios repertorios no dejaron de chitarle pidiéndole silencio.

Por cierto, que he sabido que el cura del palco de Presidencia está allí porque es el párroco de la Plaza por ser también el de una iglesia cercana. No sabía yo que además de una enfermería bien dotada, el reglamento taurino obligue a tener párroco. ¿Capilla también habrá?. Se agradece que, en cualquier caso, al sacerdote no le de por pasar, entre toro y toro, el cepillo.

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