Una de toros (II)

Uno de los obstáculos que hay que sortear para llegar a la puerta por la que entrar a la plaza (viene muy bien indicada en la entrada) son los periodistas que hace una sección de El Diario sacando fotos de grupo de los asistentes (los dos muy majos, y magníficos profesionales, por cierto, que se lo curran un huevo). Como el número ideal ronda las seis personas, no sabes con quién te van a juntar, y lo mismo sales con alguien de las fuerzas vivas regionales (que no tengo nada contra ellos, ¿eh?, pero vamos, que no apetece). No sé que tienen esas fotos, además, que las ve todo el mundo y luego no hay quien no te pare por la calle para decir que qué guapo y que qué bien que voy a los toros (con la coletilla de que seguro que es por la cara).

Llama la atención que el albero es más pequeño de lo que te imaginas. Está en proporción con el tablón corrido y estrecho que hace las veces de asiento. Unas marcas negras indican los límites, que dan para meter un culo de talla normal. O sea, que como los compañeros de localidad vayan sobrados de carnes estás jodido. Y como ocupen las delante también, porque apenas hay espacio entre filas. Como todo lo de la plaza de Santander se mantiene casi como cuando se construyó a finales del siglo XIX, supongo que la gente de entonces era más bien tirando a enjuta y pequeña. Ahora las hamburguesas y las palmeras de chocolate han hecho estragos, y los cuerpos actuales ya no son compatibles con los espacios reducidos de aquellos tiempos.

La gente que curra en la plaza lleva una boina azul. Los que limpian la arena y se llevan al toro, además, van como de uniforme con fajín y todo. Hay un señor al que le dan la llave de toriles que me pareció que lleva algo dorado en la parte de arriba, justo donde queda el rabo de la boina. Quizá sean los galones. Los vendedores de bebida no llevan uniforme. Se les distingue por los gritos y por los cubos de plástico en el que llevan metidas sus cosas entre hielos. Me costó 2’50 euros un botellín de agua de 33 centilitros, que teniendo en cuenta que me hacia falta para no caerme sin sentido encima de los adelante por la aprensión, me resultó hasta barato. Lo que no vi que vendieran es comida. Ni palomitas, ni pipas, ni patatas fritas, ni nada de eso. Ni siquiera bocatas. En el fútbol sí que lo tienen, en los bares de los pasillos, pero en los toros una de dos, o no queda fino, o es que molesta el ruido al comer.

Tampoco venden abanicos de colores, ni sombreros cordobeses, ni muñecos de plástico de toreros y toros forrados de terciopelo para colocar encima del televisor (en un costado ahora que las teles son planas y no tienen espacio). Fuera de la plaza hay un puesto que tiene un amplio surtido de quincallería taurina, incluidos capotes en tamaño de juguete por si alguien se encapricha. Por lo duro que se te pone el culo en el tablón, seguro que lo que más aceptación tiene son los cojines con los colores de la bandera de España. Que por cierto se ven en los cuellos de menos polos de lo que yo creía que iba a verlos. A ver si va a resultar que los toros no son tan cosa del pijerío nacional como pensaba, y se queda como espectáculo más del pueblo llano.

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