Una de toros (I)

Cuatro toros. Eso aguanté en la corrida de la Feria de Santiago a la que me aventuré con JM el miércoles. Bueno, en realidad aguanté uno, porque después de que mataran al primero se me revolvió el estómago y empecé a marearme. No pude seguir el consejo de Samuel de intenatar no ser aprensivo. Imposible.

Las entradas eran estupendas, en grada, en la última fila, con la anterior sin ocupar para poder poner los pies y la pared a la espalda para apoyarla. Los huecos en el tablón corrido para sentarte son muy pequeños. Nos tocó al lado una señora de lo más simpática que iba con su nieta ya mayor. La señora decía que no conocía a los toreros porque son jóvenes. Les gritó a todos durante sus faenas para que no se arrimaran mucho porque el toro es un tramposo que sólo busca cogerles. Como si tuviera más opciones el animal. Le regalé al marchar el libro de la feria que dan en la entrada, en papel del bueno con la portada de brillos y mucho texto sobre las ganaderías y sobre los maestros en el arte de pasar por la espada a los toros.

El espectáculo es todo él tradicional. La arena recien barrida (no se dirá así, pero ese aspecto tiene), los tipos de negro (que apropiado) a caballo, las cuadrillas, los empleados de la plaza uniformados, los caballos de arrastre con las banderitas de España, de Cantabria y de Santander en el lomo. Me fijé que en la presidencia se sienta con el que manda un cura, el padre Lisaso, que es el canónigo organista de La Catedral y daba clase en el instituto donde yo estudié. O son muy amigos el presidente y él, o está allí por tradición y más los toreros que por los toros. A mi no me daría mucha confianza tanta previsión, la verdad. El hombre no se movió de una esquina del palco más que durante el tercer toro, que desapareció para regresar con el cuarto. A lo mejor hubiera sido buena idea tenerlo conmigo para reconfortarme cuando me tuve que tomar casi de una vez toda la botella de agua que compré para pasar el trago y aliviarme los sudores.

No me gustó nada de nada el asunto. Los toros tienen que sufrir un huevo con las puyas de los picadores (los 200 kilos que pesan algunos, cargados sobre la lanza esa que usan, seguro que hacen bien de daño), las banderillas de colorines y el espadazo hasta la bola (esto lo oí alguna vez en la tele) que les pegan para dejarlos secos. Desde luego sangran mucho, sacan la lengua también mucho, y parece que no respiran bien. Los toreros se arriman tanto que se te suben los testículos a la garganta para que no pases ni saliva, entre el miedo, la angustia y la aprensión. Los chillidos de rata de la gente cuando hay poco espacio entre los cuernos del toro y la tripa del torero tampoco ayudan a hacer de aquello una función realmente divertida. Y cuando el toro ha caido, un ayudante de los toreros (no me sé las graduaciones) se ensaña metiendole cuchilladas en la testuz para asegurarse de que está muerto. Lo del arrastre es el colofón de la grima.

Me he quedado con la entrada para guardarla toda la vida porque no volveré a usar una jamás. Por la noche todavía me duraba la estomagada, y no pude ni cenar. Nada más salir de la plaza me tuve que meter en el cuerpo una ración de chocolate para recuperar algo de tensión con el azucar. Los toros no son para mí. A mi madre y a la madre de JM les encantan, pero yo no lo veo. Juro que con esta corrida me esforcé, pero he suspendido el examen.

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