Ya me operaron

Hoy hace una semana que me intervinieron en la espalda. O sea, que me abrieron un boquete de 10 cms de ancho para hacerme una ampliación de cicatriz, la de 3 cms que me habían dejado al extirparme un melanoma a primeros de junio. Madre mía, qué experiencia más mala, qué putas las pasé y las estoy pasando (ya, ya sé que las cesáreas son más jodidas, pero para mí este trance es mi cesárea).

Me dió mal antes de que me sajaran. Nadie me había explicado que me lo hacían en un quirófano como dios manda, como los que salen en las series de médicos. Yo creía que iba a ser algo más de andar por casa, sentado en una silla en la consulta del cirujano. Me tuve que desnudar y ponerme un camisón hospitalario de esos que te dejan con el culo al aire y la dignidad por los suelos. Y para rematar la despersonalización, me obligaron a entrar en una silla de ruedas, tapado con una manta, empujado por una celadora. No hubo manera de ir por mi propio pie.

En un box me hicieron una especie de preoperatorio, que incluía ponerme una vía en una mano. Eso elevó tanto mi tensión, mis nervios y mi miedo que no tuvo manera la enfermera. Dos intentos en la mano izquierda acabaron con mi compostura (y con un moratón que me llega a la muñeca) y estuve a punto de desmayarme. Sólo me tranquilizó la camilla, otra enfermera a la que estruje un brazo y 2 miligramos de una droga que me lentificó el cerebro y me dejó la voz pastosa y la vista nebulosa (seguí estando locuaz, que eso es difícil que lo pierda).

En el quirófano no reconocí al cirujano, de lo drogado que iba yo y de lo tapado que iba él. Me cambiaron de camilla (una cosa muy incómoda de hacer), me untaron la espalda de betadine (lo cogen de un cuenco enorme y lo dan, con un gurruño de gasas agarrado con unas pinzas, como los que encalan casas en Almería), me pusieron un trapo de esos verdes con una abertura, marcaron las líneas del tajazo, y me pincharon la anestesia local (‘escuece un poco’, decía el cabr** del médico, y vaya si escuece…). 40 minutos duró la broma. Le advertí al médico que cuando me quitaron el lunar que resultó ser un melanoma, me vine abajo cuando la médica le pidió el hilo de coser a la enfermera, y le rogué que él usara señas o algún eufemismo. Dio igual. Yo creo que los médicos lo hacen adrede con los pacientes inquietos por si así se nos pasa la aprehensión (la verdad es que estos experimentos psicológicos, que conmigo no funcionan, podían hacerlos directamente con su padre).

En fin, que la turné hospitalaria acabó en la sala de recuperación a expensas de que un médico decidiera que ya no estaba mareado y que el efecto del sedante se había pasado, y me diera la pomposa alta hospitalaria. En la espera me dieron café con leche y dos sobres de cuatro galletas. Sólo me tomé uno (no conviene abusar de la generosidad, ni de la comida de hospital, que huele como huele). Y a las tres de la tarde, cuatro horas después de haber entrado en la sala de espera del HQD (Hospital quirúrgico de día) me pude ir a mi casa a esperar que despertara la zona herida y pudiera mear el narcótico.

La experiencia me ha servido para aprender mucho. A saber: que la recepcionista es una amargada incapaz que no asume su papel frente a los enfermos (otro día lo cuento); que el miedo quita el frio, y que los patucos esos verdes, además de romperse fácilmente, son tan ridículos como el gorro que te ponen para entrar en quirófano; que las enfermeras podrían hacerse banderilleras, y que la mayoría ni se inmutan cuando ven que te escurres de la silla porque estás perdiendo la consciencia; que los médicos no tienen sentido del humor cuando operan, ni tienen puesto a Bruce Springsteen a todo trapo en el quirófano; que las máquinas de monitorización no pitan como en la tele, son más cutres; que los apósitos autoadhesivos no pegan, las mantas tiene bolas, cuando acaban los turnos todos salen corriendo, y las galletas envasadas saben como huele el pollo de los menús del mediodía. Como corolario de todo, que me cago en la madre que lo parió, que tengo una cicatriz espantosa, mucho tejido de menos, unos pinchazos y unos tirones terribles, mucho sueño porque no encuentro postura para dormir, y un canguelo del uno por si esto ni es tan poco grave ni está tan superado como dice el bueno de mi médico.

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