Mi vida en el gim (8)

Ir al gim es como vivir un déjà vu permanente. Encarar el pasillo, cruzarme con la gente y parecer que llevo metido allí toda la vida es todo uno. Dice JM que eso es lo que pasa cuando vas mucho al mismo sitio y a la misma hora. Yo lo que creo es que me estoy trastornando. Será el vapor de las duchas, o el chirrido de las máquinas, o los crujidos de las bolsas de deporte (y de las de plástico con los champuses y la ropa usada). El caso es que me parece a mi que cada día me china más el sitio y la fauna que lo puebla, aunque reconozco que en los momentos de lucidez que me quedan me divierto un montón y lo aprovecho todo.

El otro día un aventado me quitó un aparato. Estaba yo entre ponerme y no ponerme porque había una tolla en el respaldo del asiento, y llegó este imbécil, me hizo un requiebro y se sentó tan pichi. Creo que mascullé un insulto y le puse mi famosa cara de desprecio, pero vamos, que sin aparato me quedé y hube de sustituirlo por otro tan doloroso o más que el que perdí. Ayer estuvo en un tris de quitarme un banco para abdominales, pero logré meterle un pie por delante y se quedó a dos velas. Ahora que le tengo calado (y olido, por cierto), no se me vuelve a colar. Por mis cojones.

Ya he descubierto quiénes forman la clase alta del vestuario. Son la aristocracia del gimnasio, los señores que peinan canas, hablan de sus cosas con naturalidad, no usan ropas de diseño, no gastan geles perfumados, ni se miran en el espejo mientras se visten y se desvisten. No se matan subiendo pesas, ni se tiran dos horas en la cinta recolocándose el pantalón corto y haciendo gestos con el brazo a ver cuánto les ha crecido. Por supuesto, tampoco toman polvos al acabar los ejercicios (por lo visto son proteínas) ni se comparan pecho y espalda entre ellos. O sea, gente normal como la de un club de tenis o de polo. Uno de elos me saluda, así que puede que en nada me hagan Caballero-Lord del Gim.

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