Mi vida en el gim (7)

Ya no tengo puntos donde ante tenía un lunar irregular (me han quedado trozos de hilo dentro, que no sé si saldrán solos o se quedarán ahí para siempre). Así que he retomado todo el circuito de aparatos en el gimnasio. Los lunes por la mañana me digo que voy a completar todas las series en todos ellos toda la semana, y el lunes por la tarde ya se me han quitado las ganas. Me parece que no tengo fuerza de voluntad.

Coincido con un friki nuevo, un tipo mayor que se hace las tablas de gimnasia que aprendió cuando estudiaba en los sesenta. Se pone en la cinta, corre de frente, de lado, de espaldas (caerá algún día y el hostiazo va a ser de campeonato), levanta los brazos, coge pesas (el otro día casi saca la cabeza a la pobre peruana que correteaba en la máquina de al lado), bufa, y va muy tieso de aparato en aparato. En el vestuario se tira dos horas entre desvestirse, ducharse (también aquí bufa) y volverse a vestir. Y deja el móvil con la música puesta molestando. Vamos, otro pringado sin amigos que necesita hacer vida social en el gimnasio.

No se notan las fechas, y la sala sigue abarrotada todas las tardes. No falta nadie, están todos (bueno, casi todos), con su ropas imposibles, su esfuerzos sobrehumanos, sus bolsas de plástico para los geles y la ropa sudada, y sus rarezas. He llegado a la conclusión de que el gim es un mundo paralelo al normal, que tiene vida propia.

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