Ya no tengo lunar

Me han quitado una mancha de la espalda que estaba haciéndose irregular. Era un “sin papeles” en mi cuerpo lleno de lunares. Pertenezco a esa generación a la que sus madres llevaban en verano a la playa de 12 a 6 de la tarde, desde julio hasta septiembre. Sin protección, que eran otros tiempos, claro.

El lunar este lo he tenido siempre, pero hace un par de meses me obsesioné con él, y mi amigo-médico de cabecera recomendó quitarlo. La dermatóloga también dijo que no le gustaba, así que ya no lo tengo. Me quedan de recuerdo 5 puntos de sutura y una cicatriz de 3 centímetros. Y el orgullo dejado en una mesa de quirófano.

Nunca me he retorcido tanto, ni he resoplado igual. No me dolió más que el pinchazo de la anestesia, que provoca escozor cuando entra. Pero la percepción mental de lo que me estaban haciendo casi me colapsa. Sobre todo cuando me estaban suturando. Los clics de las pinzas y de las tijeras, y los tirones del hilo, me subieron las pulsaciones del corazón a mil y encogieron tanto mi caja torácica que me faltaban pulmones para respirar. Las pasé putas.

Soy un cobarde, lo confieso, incapaz además de no recrear mentalmente el todo de cuanto me pasa, y hasta de lo que me puede pasar. Incluso de lo que no me pasa ni me puede pasar. Y el dolor es una fiera a la que tengo auténtico pavor.

El caso es que ya no hay mancha, que allí se quedó flotando en el líquido de un frasco transparente de plástico de tapa anaranjada. Dentro de un mes me cuentan de qué iba el jodido lunar, y entonces sólo me quedará una bonita cicatriz y el recuerdo de diez minutos de pánico absoluto.

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