Mi vida en el gim (6)

Anteayer socorrí a un musculoso. Me hizo unas señas (allí llevo casco, escucho música), acudí pero solamente entendí lo que quería cuando me fijé en que estaba congestionado, rojo, con las venas del cuello a punto de reventar. El chaval estaba haciendo pierna, levantando una plataforma con la módica cantidad de 12 pesas de veinte kilos cada una. Nada. Yo no podía con ella. Nos costó dios y ayuda subir aquello, y tuvo que terminar ayudando JM. 240 kilos. Definitivamente estos tíos son unas mulas.

Lo importante es que yo exploré por fin los tortuosos caminos de la solidaridad de gimnasio, y hallé la felicidad. El musculoso se levantó como si tuviera un resorte en el culo y estuvo doliéndose del esfuerzo diez minutos. Yo estuve 15. Hasta me hice daño en el dedo en el que llevo la sortija de piedra negra (he pensado que quizá debiera quitármela para hacer ejercicio. No quedará la mano igual de señorial pero será más cómodo).

Ya voy viendo un músculo formado en los brazos. Poco pero ahí está. Y estoy formando pectorales (para que se entienda, echándo tetas). Sigo sudando como un chon y acabando muerto, pero es lo que tiene el sacrificio del cuerpo (supongo).

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