Mi vida en el gim (5)

Ayer comprobé el valor de la solidaridad entre musculocos. Se ayudan entre ellos. Si uno observa que a otro le cuesta subir la barra con los pesos (no es difícil darse cuenta porque se les descompone el rostro como si estuvieran estreñidos y les tiemblan los brazos como si tuvieran perlesia) allá que se acerca y le coloca las manos en el cacharro para darle seguidad. Muy loable considerando que si se les cae lo que levantan, muchísimas decenas de kilos de hierro, se matan ellos o matan a alguien. Así que el gim genera lazos de unión que ya quisieran otros entretenimientos mundanos como coleccionar sellos o salir a pescar.

He tenido que cambiar el gel que uso en la ducha. El de casa, que me costó años encontrar, en el gimnasio me da picores. Yo creo que es más cosa del agua que del gel, que lo mismo lleva algo especial. El caso es que paso las noches arrascándome como un cabrón. Así que he comprado uno específico para deportistas. Ahora que lo pienso, no se me ha ocurrido fijarme en el que usa por allí la gente. Pero es que claro, entre que sacan los botes de las bolsas, a mi me da la risa, y luego me distraigo observando los modelos de chancletas que usan, que me da más la risa, lo del champú se me ha pasado.

(PD. No noto cambios en el cuerpo. He aumentado el número de abdominales pero la tripa sigue con igual volumen. Me parece a mi que he llegado tarde a esto de esculpir la musculatura. Deberé conformarme con no lesionarme más que el orgullo).

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