Mi vida en el gim (1)

He sucumbido a los aparatos en el gim. Yo me apunté para lo fino, que es hacer bicicleta y elíptica, nadar un poco (me costó más de dos meses decidirme a bajar a la piscina con ese traje de baño tan ajustado que me he tenido que comprar porque no vende otros) y si acaso corretear en la cinta (me aburre más, no sé a dónde mirar, y los reflejos del agua de la piscina que hay delante de la sala de ejercicio me duermen), pero al final, el chirriar de las máquinas (y de los músculos de los hombrones que hacen pesas) ha sido como un canto de sirena. Así que ahora tiro de barras que tiran de un cable que tira de unos pesos que no hay un Dios que suba, para fortalecer los brazos y el pecho (tienen otro nombre, pero me pierdo en el mapa de la musculatura corporal).

Me cuesta mucho mantener la compostura, porque me meo de la risa viéndome, viendo y comparándome. El gim es una fauna de personajes. Y un escaparate de cuerpos de todo tipo: deformados, muy deformados, deformadísimos, y directamente monstruosos. Todos con sus guantes sin dedos, sus fajas, sus tollas de publicidad y esas botellas con un líquido blanco que beben en los descansos. Hacen muchos, se tiran mucho de palique, y aprovechan para mirarse en los espejos. En realidad, lo de mirarse es una constante. En el vestuario también se miran cuando están en ropa interior, y se comparan con sus compañeros de fatigas. Ah, y hablan de fútbol (como todos los españoles que hablan de fútbol, parecen entrenadores internacionales).

Total, que ahora además de resollar y sudar como un cerdo en los maquinurcios para ejercicios de cardio (me encanta ver cómo se mueven las bielas, como por arte de magia), me pego veinte minutos de musculación que me dejan una agujetas que no soy capaz ni de abrir la puerta de casa. Por supuesto, ni sombra de los brazos de los tiarrones que sólo musculan (y se miran). Espero que en unos meses pueda decir otra cosa, y que no sea que me he roto algo subiendo y bajando kilos de acero.

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