Pesebreros

Estoy de los pesebreros hasta el moño. Están por todas partes, y se hacen notar mucho. Se les distingue de lejos. Doblan el lomo, y además se hinchan como pavos cada vez que lo hacen. Como diciendo que “aquí estoy yo, mi peloteo y mi ración de alfalfa”. Como si dar coba y humillarse para atrapar migajas fuera algo con lo que provocar envidia.

Este fin de semana me he topado con dos enredados en esto del carnaval, y no sé que me han provocado más, si vergüenza o pena. Una se ha vendido por cuatro fotos en la prensa con los dirigentes municipales y el supuesto prestigio de ser alguien por el barrio. Una mamarracha que se lo ha creído y camina por la calle como si fuera la reina de Inglaterra. El otro es un pringado que se adocenó por un cambio de trabajo con el silencio a la crítica por contrapartida. Dejando tirados a compañeros de reivindicación y haciendo de menos a los de su antigua profesión. Otro fantoche del figuroneo que no vale ni para lo que hacía antes ni para lo que hace ahora.

En España, la envidia y el afán de notoriedad están en el ADN de un montón de gente. Así que combinando remedios para ambas se da con el coctel ideal para atrapar pesebreros. Que también es fácil encontrarlos para cada necesidad, porque suelen ser los más tontos aunque se crean los más listos, y por ende los más sencillos de comprar con cuatro fruslerías. La mediocridad inoperante es lo que tiene.

Los pesebreros son felices haraganeando en su miserias. Quienes les llevan de la correa lo saben bien. Estos dos del fin de semana estaban exultantes con su rato de gloria cutre y lastimosa. A mi me pone enfermo, porque hay que quererse bien poco para acabar de perrito faldero, y tener unas tragaderas bien anchas. Yo no valdría, pero de todo hay en la viña del señor. Si ellos son felices y mientras los demás sepamos que no valen nada…

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