Ay, el vecindario…

He tenido un sueño. Volvía del trabajo y mi edificio estaba completamente en silencio. En mi buzón había una nota: los vecinos te anunciamos que nos mudamos. Y no se oía nada por ningún lado, casi ni los crujidos de los ascensores. Todo paz, todo serenidad, todo un entorno amable y agradable. Pero ha sido regresar de verdad y darme cuenta de que no, de que siguen viviendo conmigo en mi bloque los mismos cabrones de vecinos de siempre.

Al piso de arriba se han venido una madre de 81 años y su hijo. Dice el jefe de escalera que le han dicho que a él lo tienen que operar del corazón. Hemos subido juntos dos veces en el ascensor y huele a barrica de vino y a taberna que tira para atrás, así que espero que pueda aguantar la intervención. No sé si será por el alcohol o porque la señora esté sorda, pero el caso es que el hombre del corazón habla además a voces y escucha programas deportivos en la radio por las noches. He pasado de los taconitos y de las carreras de potro de la novia del anterior dueño al volumen alto del borrachín y su madre. He salido perdiendo.

Desde hace dos semanas recojo colillas de cigarrillo de mi tendal, ese que tiene un plástico que cubre la ropa y que me costó 230 euros. Se las he dejado en una bolsita al jefe de escalera en su buzón, la segunda vez advirtiéndole de que con la tercera denunciaré a los vecinos de los pisos superiores por estropearme el tendal y la ropa, y a la comunidad como responsable subsidiaria. Ha puesto un aviso en el tablón de anuncios recordando que no se pueden tirar colillas al patio, que un día va a haber una desgracia, aunque me temo que soy escéptico.

Por culpa de las ayudas del Gobierno, le ha dado a media vecindad por cambiar las ventanas, y hay que ver cómo están poniendo el patio de escombros. Y los tendales, que tengo que limpiar el mio todos los puñeteros días. Da igual que se les pida que avisen de las obras. Da igual que se les ruegue que sean lo más limpios que puedan. Da igual que te asomes a la ventana echando juramentos y cagándote en toda la parentela de obreros y propietarios. Nadie se inmuta, y el polvo y los cementos ahí siguen. No tengo obras que hacer, pero estoy por pillar un saco de escombro de un contenedor para ir echándolo poco a poco desde la ventana de la cocina.

En total, que me voy a dar golpes a la pared del salón, que el hij******* de al lado ha vuelto a poner la tele alta para joderme la concentración.

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