Un tonto opinando

El otro día, un lila al que no soporto (en una ocasión qué cocida llevaría que me saludó tres veces en menos de 10 minutos cada vez como si fuera la primera, todo efusivo y con abrazos), tuvo la ocurrencia de decirme que algunas de las cosas que escribo en mi Facebook no eran de su agrado porque “son hachazos”. Por cierto, que hizo el comentario, que no entendí bien del todo, metiéndose en una conversación que no era la suya, sumando mala educación a su estulticia.

No caí en la cuenta de que hablarle a un imbécil es como clamar en el desierto, y me quise justificar haciéndole notar que él no podía leer mi Facebook porque no le tengo agregado como amigo, y que como soy muy celoso de mi intimidad, además lo tengo bloqueado para que sólo accedan a mis cosas esos, mis ciberamigos. Craso error, porque a los tontos darles explicaciones lógicas les hace crecerse en su ignorancia, y todavía a este tuve que aguantarle muecas y aspavientos de reproche. Opté por marcharme, ciertamente, después de excusarme con la persona con la que realmente estaba hablando, a la que tuve que dejar con dos palmos de narices a cuenta de un payaso.

No deja de sorprenderme la inmensa capacidad que tienen los iletrados de encontrar las maneras más osadas para poner tela de juicio mis opiniones, que son tan libres como lo es su estupidez. Yo entiendo que el proceso de formación de ideas que conexas forman un discurso opinativo, y su traslación coherente al papel, es un trabajo a veces difícil de afrontar, y exige un cierto esfuerzo mental. A mí me gusta mucho hacerlo, porque me mantienen vivo intelectualmente y permite que se conozca de primera mano lo que pienso de las cosas, sin la distorsión tabernaria del dicen que dije. Que los majaderos como este que me tocó en suerte escojan el atajo del descrédito sin ese proceso, aunque no debiera molestarme porque a los que no dan más de sí no se les puede pedir, me sigue provocando cierta desazón.

En fin, qué le vamos a hacer. En el fondo, este señor se califica él solito con su forma de hacer crítica, demasiado corriente entre los que van de lo que no alcanzan, ni alcanzarán nunca por mucha pose chusca cubata en mano que pongan. Y con los lamparones del sueter, que le van anunciando desde lejos.

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