Belenes en lo público

Desde hace tiempo mantengo un contencioso con alguna gente con la que comparto edificio en mi trabajo, unas oficinas del Gobierno donde se atiende al público y en el que pasamos las horas de nuestra jornada laboral casi 50 personas de variado pelaje ideológico. Cuando llega la navidad, un grupo de funcionarios coloca adornos festivos, entre ellos un belén que en los últimos años han cambiado por un “niño Jesús” de porcelana, puesto encima de un archivador junto a la entrada.

La primera vez que me quejé hubo mucho pitorreo, por eso de ser yo “rojo”, apóstata y nuevo. La segunda me tacharon de intransigente y sectario, y este ha sido su argumento desde entonces. Llevo seis quejas consecutivas, todas con explicaciones de por qué eso no puede estar ahí, en unas dependencias de la administración, pero el muñeco sigue colocándose.

He tratado de hacer entender que ni la tradición, que tanto se usa como justificación de cosas que están fuera de tiempo, ni las ideas de la libertad y el respeto, que también se esgrimen retorcidas para que sólo valgan en una dirección, sirven para dar cobertura a que belenes y “niños jesuses” invadan por estas fechas las oficinas administrativas. La Constitución es clara cuando impone la obligación a la administración de ser absolutamente neutral en muchas cosas, y en lo que tiene que ver con la religión también.

En un Estado aconfesional en el que la religión católica ni es oficial ni la única ya que profesa una sociedad que se ha enriquecido gracias a la multiculturalidad que conlleva el fenómeno migratorio, la exhibición de sus símbolos a la vista de todos en edificios públicos es intolerable e irregular. Sin valorar, incluso, que usar los espacios comunes de los centros de trabajo para el alarde religioso atenta contra el derecho de cualquier trabajador a no tener que compartir nada que le moleste en su concepción íntima y personal de las cosas.

En realidad, la culpa última de que lo católico y su iconografía siga siendo objeto de imposición allá donde no se puede, como en donde los ciudadanos tenemos que hacer nuestros trámites administrativos, es del Gobierno de España más que de cuatro funcionarios trasnochados que siguen recreando la atmósfera de 1.950, y del resto que lo dejan pasar porque opinan que no hace mal a nadie aunque vaya en contra de la norma y del sentido común.

Cuesta entender que aún hoy sigamos sin contar con una Ley moderna y actualizada que trate el hecho religioso en lo público y ordene la forma de su profesión sin invadir los espacios comunes que son de todos. Una ley donde quede claro que en la administración no puede ponerse un “niño Jesús” porque eso ofende el principio básico de la imparcialidad religiosa que los poderes públicos deben promover y defender, y sus servidores respetar por encima de cualquier otra consideración individual.

(Este artículo ha sido publicado en la página 4 de opinión de la edición del viernes 10 de diciembre en el diario AQUÍ DIARIO CANTABRIA)

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