Dimitir

Aquí no hay costumbre de dimitir. Cuando a alguien le nombran algo, de inmediato se produce una simbiosis molecular entre la piel del sillón y la piel del culo del nombrado que les convierten en uno solo. Ni cuando entran en la cárcel por chorizos se despegan. Así que si de repente uno con un carguito dice que se las pira, o le dan por loco o creen que se va a morir enseguida.

Yo acabo de dimitir de dos cosas, una vinculada a lo profesional y otra a mi militancia política. Ambas son fruto de un estado mental nada propicio para la creatividad. En ambas he empezado a aburrirme, y eso es malo para ser eficaz y aportar más que lastrar. En lo del curro he estado dos años y pico echando una mano, así que ahora que apechuguen otros. Y en lo de mi partido, pues he durado lo que se tarda en otear el panorama, colegir que en el asiento que me había tocado me mareo, y que mejor aquí me bajo. Vamos, nada traumático porque en ambos sitios se bastan y se sobran los que mandan para apañárselas. Y si no, pues qué le vamos a hacer. Ya no será mi problema.

Dimitir es muy sano, sobre todo para el que dimite, que se libera de la obligación de no criticar. La verdad es que yo siempre me he visto bien posicionado en ese estadio de la libertad de conciencia, pensamiento y opinión, porque he procurado no cortarme un pelo nunca. Lo que pasa es que si dimito, no me podrán decir ni que soy corresponsable ni que soy desleal cuando me de por largar.

Si los mismos nervios y las mismas ansiedades que tienen los trepas por atrapar silla la tuvieran por dejarla, otro gallo cantaría. Incluso la ciudadanía ganaría mucha de la confianza, por no decir toda, que se ha ido perdiendo en los últimos años en torno a la decencia en algunas ocupaciones.

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