Cuatro pensamientos

Uno. No puedo con la vecina de arriba, sus batidos a las 12 de la noche, sus carreras por el salón (con gritito incluido), su taconeo en la cocina a las siete de la mañana, los calzoncillos de su novio dos semanas en mi tendal (por supuesto, lo que no se reclama, allí se queda o al patio “se cae ello solo” a la primera de cambio) y ese programar el radio-reloj-despertador (me cago en el padre del invento) a las una y media con el volumen para oirlo en el portal.

Dos. Hablando del portal, le estoy cogiendo miedo a la limpiadora. Encontrarla de sopetón al bajar andando y a oscuras es de lo más traumatizante. Es una mujer de cabeza gacha, enjuta, silenciosa, un poco tétrica. Vamos, que tiene el perfil ideal para asustar a los niños con que se los lleva metidos en el cubo de la fregona.

Tres. Hablando de niños, el de la casa de enfrente a la mía es un monstruo. Es como su padre, pero en miniatura, y burro como él solo. Cierra la puerta de la calle con un ímpetu (transformado en sonoro portazo) que cualquier día la termina haciendo giratoria. Le visten con medias de punto y dos borlas, y zapatitos de charol. Vamos, que me le llevan como si fuera el muñeco de una tienda del Paseo de Pereda para gente fina de Valdenoja. Ha tenido un hermanito (o hermanita, que no me atrevo a ver lo que llevan metido en el carrito), así que en un par de años las malas bestias serán dos.

Cuatro. Hablando del Paseo de Pereda, las viejas de las terrazas han cambiado mutones por fulares de esos que llevan el borde dorado como los cantos de las Biblias. Allí están ellas tomando el fresco enganchadas a su café-tres horas, metidas en trajes claros muy propios como fundas de sofás del siglo XIX. Da gusto el paseo con su contraste entre la gente bien del Santander-de-toda-la-vida, con sus ropas elegantes, y los chanos pobretones de los barrios de los arrabales (General Dávila y Castilla-Hermida, lo que viene a ser) en chanclas y pantalones vaqueros recortados. Santander es taaannnn cosmopolita y plural…

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