Macarras y maleducados

El viernes tuve la feliz idea de cambiar de supermercado, y no vuelvo. Menuda pandilla de macarras mis compañeros de compra, madre mía. Los pasillos de este Carrefour (cambio de sitio, pero no de cadena; tengo tarjeta…) son más estrechos, y los que empujan carros más anchos de tripa y con poca cabeza, y resultaba del todo imposible ir de principio a fin de una tacada. Cada dos metros, un imbécil había dejado el suyo en mitad, justo al lado de otro imbécil que había hecho lo propio. Llegaba yo con el mio, y allí ni dios movía un dedo para dejar pasar (las señoras cogiendo yogures y compartiendo a gritos con su partener, que era el custodio del puto carro, el sabor a escoger). A golpes de morro me tenía que arreglar, y a todo correr, porque los gilipollas que estaban en medio me retaban con la mirada como si les hubiera rayado el tuneado azul eléctrico con el que había sacado a las chonis a comprar para llenar la nevera. Este país es así: uno tiene un Ford lleno de alerones y con más cromados que una nevera de diseño, se enfunda en un chándal de piel y unas zapatillas naranjas, se coloca unas gafas de sol de la Pantoja, se va a comprar al Pryca de toda la vida, y se convierte en un perdonavidas en el pasillo de los congelados, comprando jamón serrano de paleta y calzoncillos de marca blanca. No vuelvo.

En el cine, nos tocaron unas sudamericanas (todavía no es xenófobo referirse así a los nativos de Sudamérica, ¿no?) que no dejaron de parlotear como cotorras, como si estuvieran en el salón de su casa, o en el tugurillo del barrio en el que se reúnen a hablar de las cosas de su país. Habían llevado esas bolsas de patatas de dos kilos que hacen tanto ruido desde que se abren hasta que acaba la película, y vasos de tres litros de coca-cola de los que si no sorbes con gran estridencia no eres nadie. Vaya peliculina que nos dieron. Además no sé si es porque yo soy raro o porque ellas eran dos analfabetas como la copa de un pino, pero se reían en las escenas más emotivas y se quedaban como muertas en las de humor. Quizá es que allá en las indias occidentales los ritmos emocionales van con otro paso, y que la idea de educación es más laxa, porque otra cosa con tanta tontería no se entiende.

Total, que he aprendido dos cosas con estas experiencias: que el en centro de Carrefour de El Alisal compran los macarras y es mejor dejarles a su aire en su parque temático de la horteridad y el mal gusto, y que en el cine, como te toquen unos payasos en los asientos de al lado, vas arreglado.

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: