Peluquerías

Me encantan las conversaciones de peluquería. Las peluqueras tienen una capacidad especial para saber vida y milagros de cada clienta, y si no se la saben, para escucharla pacientemente. Que si mi nieta baila de maravilla, que si mi nieto juega al futbol, que si mi hija ha perdido ya doce kilos, que si mi yerno es un sol, que si, que si,… Las miradas cómplices a través de los espejos son lo más, y el cruce de opiniones de lado a lado entre rulos, secadores y crujir del papel de plata de los tintes es todo un espectáculo. Y un arte, que estar a todo entre tanto ruido no resulta nada fácil.

Luego está la parte de las revistas, todas sobadas, arrugadas, pero cargadas de intensidad en su lectura y comentario. Ese “Hola” de magníficas portadas, con las casas de los famosos con decenas de habitaciones que ocupan páginas y páginas (muy horteras en la mayor parte de los casos, por cierto, recargadas y con adornos imposibles que siempre me pregunto de dónde sacarán) y las bodas y los bautizos de esos mismos famosos de las casas, y esa sección de páginas de sociedad mundana con los casorios de las hijas, y las puestas de largo. Ponerte a leerla nada más llegar te integra plenamente en el escenario.

El instante técnico de las peluquerías lo pone la comprobación de los datos de las proporciones de productos para el tinte de las clientas. Recuerdo una a la que yo iba de chaval, en la que lo anotaban en unas fichas que sacaban de algún sitio del almacén. Aquello tan profesional me fascinaba. Las peluqueras se daban cifras unas a otras, remiraban la ficha, y tomaban una decisión, que luego transformaban en una mezcla de cosas en un bol del que salía la pasta que iba al pelo de la señora. Todo un proceso.

Ni el tiempo,  ni las modernidades y las tendencias, han podido con este mundo peculiar, y a mí me encanta seguir disfrutando de esos cincuenta minutos de corte de pelo (a veces pienso que para lo que me hacen es mucho, pero supongo que el ritmo y la sedancia también están en la magia de la profesión) en la peluquería del barrio de toda la vida.

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