La pulsera mágica

Cuando mi abuelo Valentín apareció por la tienda de mi abuela Yaya con una pulsera metálica que le habían vendido en la farmacia para mejorar del reuma (él no tenía, por cierto), menuda bronca que le cayó al pobre hombre. Todo el mundo tenía claro que le habían pegado la timada del siglo. Eso y que el farmacéutico, que se suponía amigo, era en realidad un cabrón con pintas que iba engañando a los parroquianos con magias increíbles. Yo creo que mi abuelo no se quitó la pulsera casi hasta que se murió. Aquella pulsera hizo historia, y muchos viejos dejaron las pesetas en ella (era plateada, con dos bolas doradas en los extremos). Y los que no las dejaron, se estuvieron mofando de las supuestas propiedades terapéuticas de un trozo de aluminio durante años.

Confieso: he caído en el timo moderno de la pulsera, aunque ya no es metálica sino de plástico. Y la terapia está en un holograma que lleva embebido, que dice la publicidad que es el que tiene las frecuencias de no sé qué para darte estabilidad, elasticidad y equilibrio. 35 euros cuesta la broma, y se sigue dispensando en la farmacia. A todo el mundo que lleva una le he preguntado que qué tal. Y todos dicen que no notan nada especial. O sea, lo que viene a ser que no vale para nada. Yo desde que la llevo estoy más espitoso e inquieto de lo normal, duermo igual de mal, no sé si estoy más elástico porque no hago deporte, y me mantengo en el mismo punto de equilibrio que antes. Pero resulta que me da aprehensión quitármela. Eso, y que me jode haber pagado 35 euros y tener reconocer ahora que mejor hubiera sido bebérmelos.

Los tiempos no nos han cambiado tanto a los incautos. Mi abuelo Bolo fue uno, y yo le he sucedido ahora. Sólo cambia el adorno tecnológico en el que los trileros envuelven el producto.

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