Malditos 40

He estado leyendo algo sobre la crisis de los 40: que si se desea volver a la juventud, que si quiere romper con las responsabilidades, que si se ansían nuevos estímulos a través de nuevas experiencias… También que se ahonda en las inseguridades, y que la retrospectiva sobre lo alcanzado genera ansiedad. Vamos, que la estabilidad que se presupone a los 40 y el número de los hitos logrados en vez de generar confianza lo que generan es frustración. Dicen los expertos que las pautas se repiten en los hombres que llegan a esa edad, y que las consecuencias también. Que la satisfacción que se consigue cuando se tira por la calle de en medio para vivir la segunda juventud es momentánea, y los problemas llegan a largo plazo, con el bajón. Por eso, recomiendan sosiego, pequeños cambios que renueven los estímulos, y tiempo.

Tengo todos los síntomas. Todos. Llevo semanas replanteándome mi status quo personal y social, que me cargan de insatisfacción con la sensación de que ya he quemado una etapa. Pero ¿cuál?. Me aburro, que siempre ha sido el estado vital al que más he temido, y el que siempre me lleva a la depresión. Estoy cansado de lo que me rodea, que es tan cotidiano que termina provocándome rechazo. Y para el corto y el medio plazo, no encuentro incentivos emocionales.

Soy plenamente consciente de hasta dónde he llegado, cuánto me ha costado y con quiénes lo he conseguido. He logrado estabilidad para vivir cómodamente. Pero eso, hoy por hoy, no me llena, no me satisface. Algo no funciona en la estructura sobre la que se asienta mi vida, y es algo sustancial y primario, lo suficiente como para hacerla tambalear y poner en crisis mi estado de ánimo.

Ninguno de los artículos de expertos en psicología que he leído propone plazos temporales para superar este estado de cosas. Es normal cuando se trata de arreglar la cabeza, y el alma diría yo. Pero la variable del tiempo, que es la esencia de lo incontrolable, retroalimenta mi ansiedad y oscurece las paredes del túnel que es nuestra vida. Ser fuertes es una quimera, pero no desear equivocarse ni causar ningún mal una obligación. El dictado de las decisiones tomadas sobre esa base requiere solamente templanza y tiempo, dicen. Y valentía.

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