Re-explicación de por qué quité los comentarios

Anteayer me reprochaba (en tono cariñoso) la diputada Carrasco (@rutenca para sus amigos de twitter) que mi blog no tuviera comentarios. Algo debía querer dejarme escrito en mi post sobre lo que trabajan y lo que no los diputados. Así que voy a volver a explicar por qué quite esa opción.

Básicamente para que no me insultaran. Un imbécil apuntó cuatro lindezas sobre un viaje de trabajo que hice en febrero a Bruselas, y que fui contando a través de mi twitter, enlazado en una entrada del blog. Cuando quise responderle en el correo que dejó de referencia, el servidor, muy amablemente, me respondió que qué tonto que soy, que ese señor que me insultaba no tenía allí cuenta, y que ya fuera a pedir explicaciones al maestro armero. En un arrebato, y después de varios juramentos que no se pueden reproducir aquí para no herir sensibilidades (para mis vecinos ya es un poco tarde) tomé la decisión de suprimir los comentarios. El que quiera decirme algo, que me busque.

En este país, Anónimo es un hijo de puta que ha tenido un montón de hijos, tan putativos como él. Y aprovechando tan amplia parentela y lo difícil que es dar con él en caso de necesidad (por ejemplo, para exigir respeto o ponerle los puntos sobre las íes), va campando a sus anchas por foros, blogs y comentarios. Como a mí me turba mucho que me critiquen sin darme opción de defensa, me aplico al “ojos que no ven” y adiós a los comentarios. Los que ya hacían apuntes a mis opiniones lo siguen haciendo, y el que quiera sumarse al coro, no tiene más que pararme por la calle, invitarme a un café, y darme el ditirambo.

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: