El alcalde De la Serna y los clips de colores

De siempre, lo de los clips de colores para prender hojas me ha parecido una horterada. Me da la sensación de que quienes los usan tienden a perder el tiempo decidiendo de qué color los escogen, que supongo dependerá del tema de los folios que van a sujetar, o del estado de ánimo del usuario, o incluso del gusto de la persona a la que se destina el documento que agarran. He visto en una foto del alcalde de Santander que sobre su mesa había una caja de clips de colores. Y se me ha desbordado la fantasía: que si azul para sus compañeros de equipo de gobierno, que si rojos para Revilla y el Gobierno regional, que si negros para sus jefes del PP de Cantabria, que si rosas para los del PP nacional, que si amarillos para los empleados municipales, que si verdes para los medios de comunicación amigos, que si blancos para las asociaciones de vecinos…

En realidad, no me veo al alcalde perdiendo el tiempo en seleccionar el color de los clips. Le supongo más práctico. Y los hechos lo demuestran: ha recuperado el viejo eslogan de la afrenta del Gobierno con los santanderinos para ir rebañando votos a un año y pico de las elecciones. Cada día, el alcalde De la Serna se parece más al alcalde Piñeiro en eso de ir exigiendo que le hagan obras y le paguen caprichos a cuenta de ser la capital, y tener al 40% de la población, y a un supuesto agravio comparativo con otros municipios históricamente no resuelto. No sé si los clips de la mesa de don Iñigo los ha heredado, con el cargo, de don Gonzalo (tampoco le pega a este perderse en sutilezas y vincular sentimientos con el espectro cromático), pero desde luego lo que sí que ha rescatado es su viejo discurso del ultraje, aquella chulería torera del “aunque no lo paguen Santander lo va a tener” (lo que sea, además, que para ir de víctima da lo mismo de lo que se trate), y la estrategia mártir de culpar a los otros de todos los males de la ciudad sin asumir que toda la responsabilidad es solo suya.

Con el desparpajo que da creer, como su antecesor, que cualquier alcalde de Santander debiera caminar siempre bajo palio, el alcalde De la Serna se está aplicando a pedir imposibles: que si un túnel que cuesta un riñón (hay mucha querencia en esta ciudad por hacer un túnel para pasar a la historia), que si un tren que cuesta dos, que si que le regalen todo el frente marítimo, que si en La Remonta se ejecute su proyecto y cómo él dice pero pagando los demás, que si la unificación de las Estaciones no le cueste un duro y encima le reporte pingues réditos electorales con los vecinos. Vamos, que como diría mi tía, le ha hecho la boca de un fraile. Pidiendo y no dando más que malas contestaciones cuando no se atienden sus exigencias, y mirando para otro lado cuando se le pregunta que él qué pone, como los gorrones al escaquearse de su ronda.

Para algunos, ser alcalde de Santander es una categoría. Y la derecha, además, lo ha convertido desde que no gobiernan la región en el púlpito de la contra y en un espolón de ataque. Sin ninguna vergüenza, con los vecinos de munición y cautivos de una fantasía que las cifras reales desmienten, y que el alcalde de turno, antes Piñeiro y ahora De la Serna, ocultan en una estrategia de confrontación que saben que a los únicos que beneficia es a sus número en las urnas, que no a la ciudad ni a los que en ella residen.

De entre ocupar el tiempo en reivindicar lo imposible solamente para buscar la bronca, o en escoger el clip de plástico con el que fijar documentos, casi prefiero al alcalde de Santander haciendo esto último, porque le quedará más auténtico que la llorina esa que se gasta antes de poner cara de niño castigado sin juguete por Reyes, porque eso sí que no trae inversiones para mejorar la ciudad.

(PD. Por cierto, que aún estamos esperando que reconozca que las últimas obras que ha inaugurado con ese circo con el que acompaña todos sus actos han sido hechas gracias a la pasta que le ha llegado desde el Gobierno de España, sacada del procomún nacional.)

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