Bolo y Yaya

Hoy hace cinco años que murió mi abuelo Valentín. Estaba enfermo de algo mental, y desde que falleció mi abuela siete meses antes había ido a peor, pero en verdad se murió de repente, después de desayunar, esperando a levantarse y arreglarse. Bolo se fue sin molestar a nadie, como se había ido la Yaya. Vivieron sus últimos años en una residencia donde estuvieron mejor que solos en su casa. La Yaya no se valía por sí misma, y aunque Bolo se había empeñado al principio en hacerse él cargo, al final tuvo que convencerse de que era imposible. Mi madre iba a verlos todas las tardes, y la pasaba con ellos hasta que cenaban. Cuando mi madre llegó a la residencia después de que la avisaran de que Valentín había muerto, se acercó a él y le reprochó llorando que no le hubiera dicho nada de esto la noche anterior para haberse quedado con él a pasarlo.

Valentín se había ocupado de su casa toda la vida. Literalmente, además, porque él se ocupaba de limpiar, de fregar, de lavar, de hacer la comida. Adoraba a mi abuela, y no la dejaba que hiciera nada. Eran un matrimonio singular, absolutamente matriarcal. Y para Bolo, seguramente, no tener allí a su mujer para cuidar de ella era más de lo que podía soportar, así que de repente se murió.

Me acuerdo mucho de los dos. En la estantería principal de mi salón tengo cuatro fotos, y las cuatro son de ellos. Me resuena en la cabeza el vozarrón ronco de mi abuela llamándolo “Brezoooo” y pidiéndole tabaco, y le veo a él con paso firme pero callado ir hasta el armario, rebuscar y sacarle un pitillo.

Si existe el cielo, seguro que mi abuelo está empujando la silla de mi abuela por algún camino mientras mantienen una conversación de esas de señores mayores, absolutamente felices los dos. Y de vez en cuando, parando para darle un cigarrillo y atusarle la blusa, o la falda, o simplemente mirarla mientras da caladas.

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