Santandeuropa se confunde con España

Antes de empezar, dejaré dicho, por si acaso, que soy un absoluto partidario de Santander 2016. Quiero que la candidatura gane, porque si lo hace, Santander podrá tener un horizonte cultural que ahora se echa de menos. Optar a la capitalidad puede ser un revulsivo para transformarnos y pasar de ser decorado de teatro a obra principal, y ha movilizado, además, a los santanderinos entorno a una idea unificadora, algo nada fácil en una ciudad donde sólo las peñas taurinas en las fiestas de Santiago y la afición por el Racing sacan a la gente a la calle. Así que ojalá seamos elegidos Capital Europea de la Cultura para 2016.

No quiero poner en cuestión, pues, la candidatura, ni siquiera el trabajo que se lleva a cabo por darle aire y recabar apoyos, sino la chapuza de algunas de las acciones que se usan en ese objetivo. Santandeuropa es un ejemplo de esa carpetovetónica capacidad que algunos tienen para meter la pata por desidia que hace que cualquier cosa buena devenga en un churro inconsistente. En este juego para dar a conocer los países que forman la Unión Europea, que he oído decir que es demasiado caro para el beneficio real que a la candidatura y a la difusión de la Unión les reporta (vamos, que mucho poste, mucha bandera, mucho cartel, y poca sustancia y menos efecto), la cadena creativa ha decidido equivocarse ni más ni menos que con los datos que da de España. La verdad es que no me he parado a comprobar los de los otros 26 miembros de la UE, aunque ahora que he visto cómo la han cagado bien cagada con nuestro país, sólo por curiosidad, debiera. Dicen los mupis, los sobres de azúcar, y supongo que el resto de los millonarios elementos que conforman la promoción, que nuestro sistema político es la Monarquía Constitucional. Estoy seguro de que quien lo escribió pensó en el Rey y en la Constitución, y así tal cual le sonó bien y lo puso negro sobre blanco. Y también tal cual, se confundió bien confundido.

España es una Monarquía Parlamentaria. Así lo dice la Constitución en el artículo 1.3, bien al comienzo, en la primera página hasta de las ediciones de bolsillo. Y haberlo sabido era tan sencillo como haberlo buscado. Hasta en la wikipedia se da esa referencia, y no la que el creativo tuvo a bien meter en la ficha de nuestro país en el producto promocional. Puede parecer una cuestión baladí, pero no lo es. Ni el fondo, porque cuando se habla de qué somos hay que ser muy cuidadoso y acertar siempre, ni en la forma, porque esto no puede pasar en una ciudad que quiere representar a España en un evento de tintes internacionales. Sobre todo cuando somos de las más españolas ciudades españolas gracias a un banderón de no sé cuantos metros cuadrados y al constante recuerdo de nuestro leal carácter patrio. Resulta paradójico que haya sido aquí donde alguien poco aplicado se haya confundido, otro menos aplicado no lo haya cotejado, y los que pagan, los menos aplicados del lote, no hayan visto el fallo hasta que la campaña está ya en la calle. De retirarla para corregirlo, por cierto, nadie dice nada, y supongo que darán poca importancia al dislate para justificar tanta indolencia en sucesión.

Mal hubiera estado confundir el régimen político de Italia, o de Francia, o de Bélgica, pero hacerlo con el de España tiene guasa. Y ninguna justificación. Lo suyo es que quien desde el ayuntamiento dio el visto bueno a las pruebas, que siempre se hacen, asuma la culpa (y si pagara el fiasco de su bolsillo, mejor que mejor), y que el juego y su campaña se suspendan hasta que se de a España lo que es suyo, y no lo que a un ingenioso creador se le ocurrió que debía ser. Porque la Constitución ya tuvo sus padres, en el 78, y no necesita ahora reescrituras de los que llevan años apareciendo como más papistas que el Papa. Ni eso, ni erróneas enseñanzas, salvo que luego nadie se crea los golpes de pechos de españolismo.

(Este artículo está también publicado en El Faro de Cantabria y en mi sección A Pesar de Todo, de Opiniones Libres)

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