Vivo de milagro

La noche del lunes al martes la pasé en la apacible creencia de que se había hecho conmigo esa bacteria estomacal que ha tenido a mucha gente esta Navidad de la mesa del condumio a la taza del baño en apresurada carrera. Nauseas, vómitos, descomposición, más nauseas, más vómitos, más descomposición. Pero el martes, dos nuevos síntomas y la audacia de mi médico, que es como mi hermano y además me diagnostica por Facebook, me sacaron de la ilusión: ¡era un cólico de riñón, del izquierdo para más señas!

He creído morir. Jamás había tenido un dolor semejante. En Valdecilla, de tan mal que me debió ver una enfermera en la cola del común de los visitantes (recordadme que un día haga un post sobre el morro de la vieja que había decidido acudir allí en vez de al traumatólogo donde la había mandado su médico de familia porque no quería esperar no sé a qué, que ya le dijo el doctor de guardia que la fisura de su rodilla necesitaba tiempo para currar y que urgencias no eran la “purga de Benito”) que me tumbó en una camilla y me metió del tacón a la consulta. En el box (los pasillos son interminables y muy justos, aunque los enfermeros se las apañan de madre para no chocar con nada -eso sí, ya te advierten que dejes las manos por dentro, no sea que vuelvas a casa con menos dedos-) me dio una especie de ataque espasmódico que me contrajo los músculos de las piernas hasta convertírmelas en un nudo, y casi no pude ni desvestirme (que te tengan que desnudar con 40 años -fuera de un rifirrafe amatorio, claro- me resultó tan vergonzante como implorarle a la enfermera que me diera algo cual vulgar drogodependiente en pleno mono).

Me cogieron una vía en la muñeca (es decir, me clavaron una aguja del 22 sin misericordia, que ciertamente no sé si es mucho o poco, ni siquiera a qué se refiere el guarismo), enchufaron una botella con líquidos y en diez minutos pasé del horror más absoluto a no sentir nada. El doctor no sé quién (no se entiende su nombre en el informe, como tampoco los productos que me inyectaron, ni el resultado de las analíticas, ni nada salvo mis datos de filiación y porque van en una etiqueta mecanizada) me dijo para despedirme que en la radiografía se había visto, efectivamente, un cálculo que ya estaba camino de la vejiga y que no me costaría nada expulsar (por su madre espero haberlo hecho ya sin enterarme, porque con que hacerlo conscientemente duela la mitad que la excursión por el riñón, habré de buscarlo para darle muerte antes de hacerlo yo). Ahora debo tomar dos pastillas cada 8 horas y beber litros y litros de agua.

He leído en Wikipedia (bueno, también me lo dijeron las enfermeras nada más llegar y antes de darme la magia intravenosa, las cabronas) que el dolor de un cólico renal es peor que el del parto. Pues si es así, acompaño en el sentimiento a las mujeres al tiempo que me alegro infinito de haber nacido varón y no tener que pasar por la experiencia.

(PD. El taxista que nos llevó al hospital me indicó exactamente el tratamiento que me iban a poner e hizo unas estimación de lo más certera del tiempo que debería estar allí metido)

One Response to Vivo de milagro

  1. josé luis dice:

    No me digas lo que es un cólico de riñón.
    A mi ya me han dado tres.
    Después del segundo cólico expulsé una piedra. Te diré lo que sucedió: Estando un servidor orinando, de repente se paró el flujo de la orina y no podía mear. Comprobé, palpando el pene, que el conducto estaba obstruido por lo que suponia era una piedra. Después de intentarlo durante unos minutos al final expulsé la misma y pude terminar de orinar. No te puedes ni imaginar lo que tuve que pasar. La piedra, además de grande, tenia unas puntas que provocaban un dolor que ni quiero recordar.
    En una revisión posterior del urólogo me dijo que tenia otra piedra de 1,5 cm.
    Ahora estoy esperando otra revisión para que el Sr. urólogo me diga que es lo que va a hacer conmigo, porque esta piedra desde luego que no sale de forma natural

A %d blogueros les gusta esto: