Se acabó la Navidad

Hay que ver para lo que dan de sí las navidades. Estas ya han acabado, en el calendario y conmigo, que estoy de turrón, frutos secos y polvorones hasta ahí mismo. Me he ido pesando con regularidad estos días, y me parece que he venido a engordar dos kilos, que habrá qué ver cómo me las arreglo para perder antes de que pasen a formar parte indisoluble de mi envergadura cotidiana (muy habitual a partir de los 30, con que a partir de los 40 ni te cuento). Este año, no sé si será porque he estado desde junio mentalizándome o porque no he tenido vacaciones y he trabajado todas las fiestas, se me han pasado más deprisa y mejor, dentro de la gravedad. Queda Reyes, pero eso es otra cosa. En casa (como dicen los ricos) ya no hay niños, así que la fiesta no es tan fiesta.

Hablando de fiesta, el sábado salimos a tomar algo donde siempre, y todo sigue como siempre. Si acaso más gente que de costumbre, pero sin perder la costumbre. Es decir, petardos, petardas, señoronas, y cuatro desquiciadas recién llegadas con la tarjeta de presentación enloquecida y borracha, haciendo el ridículo. He de confesar que no me aburrí, quizá porque me pasé la noche contando que estuvieran todas, que estaban, y mirando si estaban más viejas, que también estaban. La cosa esta no cambia, mal que pasen cien años, cien generaciones o cien ciclones, da igual. Me tomé un agua del tiempo y dos zumos de melocotón, porque estoy tan viejo y acabado que no puedo beber ya ni cerveza sin alcohol. Ahora tengo que planear la siguiente, que no la veo yo para antes de tres o cuatro meses.

Y este post es el último antes de mis vacaciones, que empiezan en veinte minutos y se acaban en cuento llegue dos correos a la Blackberry. Lo primero por hacer, llevar al cabrón del coche al taller de enfrente de casa a que me cambien el claxon, que se ha roto. Va a tener el jodido C4 un mal envejecer… No tengo más propósito para el 2.010 que seguir igual que hasta ahora, aunque mucho me temo que este, siendo tan sencillo, no se cumplirá y las canas, las arrugas y los michelines le ganarán la batalla a mi orgullo de cuarentón que pretende seguir teniendo 38 años al menos otros seis o siete más.

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