#vjenbruselas

25 enero 2010

Como muchos saben, soy un entusiasta de Twitter. Tuiteo cuanto puedo, y d todo. A través de mi twitter se puede seguir mi vida (la que yo quiero que se siga, por supuesto) al minuto. Es fácil haacerlo: www.twitter.com/victorjavier.

Mañana me voy hasta el jueves a Bruselas, a una Jornada de Trabajo de la Comunidad de Redes de Telecentros (una organización nacional de la que soy Secretario) en las Instituciones de la Unión (ver el programa). Y tengo la firme intención de contarlo todo (bueno, casi todo). He creado un tag para que sea fácil hacerlo: #vjenbruselas (basta ir a www.twitter.com y poner el tag en el buscador). Os animo a hacerlo. Seréis testigos directos e inmediatos de este viaje que hace tiempo quiero hacer.

Amigos/as, hasta la vuelta.


Vivo de milagro

14 enero 2010

La noche del lunes al martes la pasé en la apacible creencia de que se había hecho conmigo esa bacteria estomacal que ha tenido a mucha gente esta Navidad de la mesa del condumio a la taza del baño en apresurada carrera. Nauseas, vómitos, descomposición, más nauseas, más vómitos, más descomposición. Pero el martes, dos nuevos síntomas y la audacia de mi médico, que es como mi hermano y además me diagnostica por Facebook, me sacaron de la ilusión: ¡era un cólico de riñón, del izquierdo para más señas!

He creído morir. Jamás había tenido un dolor semejante. En Valdecilla, de tan mal que me debió ver una enfermera en la cola del común de los visitantes (recordadme que un día haga un post sobre el morro de la vieja que había decidido acudir allí en vez de al traumatólogo donde la había mandado su médico de familia porque no quería esperar no sé a qué, que ya le dijo el doctor de guardia que la fisura de su rodilla necesitaba tiempo para currar y que urgencias no eran la “purga de Benito”) que me tumbó en una camilla y me metió del tacón a la consulta. En el box (los pasillos son interminables y muy justos, aunque los enfermeros se las apañan de madre para no chocar con nada -eso sí, ya te advierten que dejes las manos por dentro, no sea que vuelvas a casa con menos dedos-) me dio una especie de ataque espasmódico que me contrajo los músculos de las piernas hasta convertírmelas en un nudo, y casi no pude ni desvestirme (que te tengan que desnudar con 40 años -fuera de un rifirrafe amatorio, claro- me resultó tan vergonzante como implorarle a la enfermera que me diera algo cual vulgar drogodependiente en pleno mono).

Me cogieron una vía en la muñeca (es decir, me clavaron una aguja del 22 sin misericordia, que ciertamente no sé si es mucho o poco, ni siquiera a qué se refiere el guarismo), enchufaron una botella con líquidos y en diez minutos pasé del horror más absoluto a no sentir nada. El doctor no sé quién (no se entiende su nombre en el informe, como tampoco los productos que me inyectaron, ni el resultado de las analíticas, ni nada salvo mis datos de filiación y porque van en una etiqueta mecanizada) me dijo para despedirme que en la radiografía se había visto, efectivamente, un cálculo que ya estaba camino de la vejiga y que no me costaría nada expulsar (por su madre espero haberlo hecho ya sin enterarme, porque con que hacerlo conscientemente duela la mitad que la excursión por el riñón, habré de buscarlo para darle muerte antes de hacerlo yo). Ahora debo tomar dos pastillas cada 8 horas y beber litros y litros de agua.

He leído en Wikipedia (bueno, también me lo dijeron las enfermeras nada más llegar y antes de darme la magia intravenosa, las cabronas) que el dolor de un cólico renal es peor que el del parto. Pues si es así, acompaño en el sentimiento a las mujeres al tiempo que me alegro infinito de haber nacido varón y no tener que pasar por la experiencia.

(PD. El taxista que nos llevó al hospital me indicó exactamente el tratamiento que me iban a poner e hizo unas estimación de lo más certera del tiempo que debería estar allí metido)


El día de la asistenta

5 enero 2010

No me gusta estar cuando la asistenta me limpia la casa. Una vez me quedé, tumbado en la cama, leyendo, pero me dio tal ataque de ansiedad que me tuve que marchar. Ella se pone música con auriculares y canturrea las canciones mientras trabaja, pero no fue eso lo que me llevó a la ruina emocional momentánea. Fueron los golpes. Con cada uno se me desbordaba la imaginación pensando qué me había roto con el plumero, y se me escapaba un trozo de vida por la boca. Al final, la concentración de adrenalina en sangre era tal que o me vestía y huía, o me daba un infarto. Me fui con sudores y taquicardia, pero sonriendo por si notaba que a poco más hubiera sido la responsable de un ictus. Desde ese día, le he cogido pánico al día de la asistenta, y procuro no cruzarme con ella ni en la escalera. Luego es verdad que desde que viene por casa, sólo ha roto una cosa, que ni me acuerdo qué fue, y que me llamó toda azorada para contármelo. Pero así y todo, yo sufro mucho y prefiero enterarme de lo que sea cuando vuelvo del exilio.

Ayer lunes tocaba, y a las cinco menos cuarto como un clavo me expatriaba de mi casa y me tiraba a pasear (apunte: antes me pasé a recoger mi coche y acoquinar los 34 euros de una bocina nueva, que durará -según me dijo el muchacho del taller- hasta que otra mojadura se cargue algo llamado “membrana”, porque Citröen le ha dejado hueco en un sitio que es más o menos el centro del Tajo si le da por caerle agua). Y después de tres horas y media bajo el frío, con los pies cuatro números más grandes y los riñones “al Jerez”, decidí que me voy a cagar en la madre que parió a la idea que tuve al contratar a esta asistenta en concreto y dar por bueno el horario que me propuso. Como no hay solución, el exilio cada vez que toca limpiar es obligado, igual que los rezos porque al regresar las pocas cosas que atesoro sigan enteras.


Se acabó la Navidad

4 enero 2010

Hay que ver para lo que dan de sí las navidades. Estas ya han acabado, en el calendario y conmigo, que estoy de turrón, frutos secos y polvorones hasta ahí mismo. Me he ido pesando con regularidad estos días, y me parece que he venido a engordar dos kilos, que habrá qué ver cómo me las arreglo para perder antes de que pasen a formar parte indisoluble de mi envergadura cotidiana (muy habitual a partir de los 30, con que a partir de los 40 ni te cuento). Este año, no sé si será porque he estado desde junio mentalizándome o porque no he tenido vacaciones y he trabajado todas las fiestas, se me han pasado más deprisa y mejor, dentro de la gravedad. Queda Reyes, pero eso es otra cosa. En casa (como dicen los ricos) ya no hay niños, así que la fiesta no es tan fiesta.

Hablando de fiesta, el sábado salimos a tomar algo donde siempre, y todo sigue como siempre. Si acaso más gente que de costumbre, pero sin perder la costumbre. Es decir, petardos, petardas, señoronas, y cuatro desquiciadas recién llegadas con la tarjeta de presentación enloquecida y borracha, haciendo el ridículo. He de confesar que no me aburrí, quizá porque me pasé la noche contando que estuvieran todas, que estaban, y mirando si estaban más viejas, que también estaban. La cosa esta no cambia, mal que pasen cien años, cien generaciones o cien ciclones, da igual. Me tomé un agua del tiempo y dos zumos de melocotón, porque estoy tan viejo y acabado que no puedo beber ya ni cerveza sin alcohol. Ahora tengo que planear la siguiente, que no la veo yo para antes de tres o cuatro meses.

Y este post es el último antes de mis vacaciones, que empiezan en veinte minutos y se acaban en cuento llegue dos correos a la Blackberry. Lo primero por hacer, llevar al cabrón del coche al taller de enfrente de casa a que me cambien el claxon, que se ha roto. Va a tener el jodido C4 un mal envejecer… No tengo más propósito para el 2.010 que seguir igual que hasta ahora, aunque mucho me temo que este, siendo tan sencillo, no se cumplirá y las canas, las arrugas y los michelines le ganarán la batalla a mi orgullo de cuarentón que pretende seguir teniendo 38 años al menos otros seis o siete más.


Chusqueros y empresarios

3 enero 2010

(Artículo publicado en la sección EN LIBERTAD de  Cantabria Confidencial. Picha aquí para leerlo en el propio medio

Cada día que pasa estoy más convencido de que en este país, si no eres un canalla no triunfas. Para convertirte, aunque sólo sea por un rato, en empresario de moda al que todos hacen la pelota y ponen como ejemplo de hombre hecho a sí mismo, tienes que ser un sinvergüenza con pintas y menos escrúpulos que un empleado de funeraria, capaz de dilapidar dinero ajeno como quien oye llover, y luego soportar sin pestañear que las consecuencias caigan a las espaldas del procomún conseguido con lo que aportamos los pringados desde nuestras nóminas de empleados que llegan justo a fin de mes. Que le pregunten si no al dueño de Air Comet, que ha dejado en tierra, previa evaporación de lo pagado por los billetes, a más de 4.000 viajeros. La broma nos ha costado a todos casi siete millones de euros que de nuestros impuestos ha puesto el Ministerio de Fomento, mientras supongo que el tipo este se fumaba un puro y urdía su siguiente estafa.

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