Cuánto tiempo…

Cuánto tiempo sin veros. En este tiempo me ha pasado de todo: he envejecido, he estado en Madrid y en Vitoria, he trabajado mucho, me he cansado, no me he aburrido, he seguido descubriendo la miseria humana, he estado en la tele, he estrenado móvil, no he engordado, he dormido fatal, he pasado frio, me he gastado 400 euros en ruedas nuevas. En fin, cosas que le pueden pasar a cualquiera pero no cualquiera cuenta porque parecen cosas poco interesantes. Yo pienso que no, que cualquier cosa que puede contarse, resulta interesante para alguien, que todo depende de cómo se cuenten. Por eso escribo en este blog. Y si no le interesan a nadie, qué le vamos a hacer. En realidad, nunca llegaré a saberlo.

Las canas van ganado espacio en mi cabeza, al mismo ritmo que la cabeza se va ganado al pelo. El peso está bajo control, kilo arriba, kilo abajo, aunque la sensación de que la tripa crece con el avanzar del calendario me resulta inevitable. Y la estatura, permanece estable desde que tengo 22 años, y si acaso, se reducirá cuando me vaya encogiendo para dentro. Nada de esto, en cualquier caso, puede hacer que se me confunda por la calle, así que no valen de excusas para no saludarme, aunque tampoco nadie está obligado a hacerlo si no quiere. Total, yo soy quien ha propuesto hacer reseteo social todos los septiembres para limpiar el almacén de conocidos, conocidillos y petardos.

Y nada, que eso os cuento. Quisiera retomar en breve la costumbre de dejaros aquí más cosas, pero no puedo prometer nada. La vida se me come a cucharadas llenas, así que tengo el tiempo justo de trabajar, alimentarme y penar por lo corto que es todo (los días, el descanso y la nómina). En cualquier caso, que sepáis que me acuerdo de todos, todos los días (de otros, también me acuerdo de sus padres y de sus madres, pero de los vuestros no, ¿eh?).

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