Famosos por Manhattan

Durante los siete dias en Manhattan, conseguimos ver a cuatro famosos. Que no parecen muchos teniendo en cuanta la de series y filmes que tienen Nueva York como protagonista.

El primer día, saliendo de una zona de rodaje de la 59, a la actriz de Sexo en Nueva York Sara Jessica Parker. Iba en un SUV gigantesco, un Cadillac Escalade (me queda la parte superior de los focos a la altura del esternón), saludando desde la ventanilla de atrás, mientras un par de docenas de locos le hacían fotos. Na, una cosas de chichinabo sin emoción, quizá porque hasta el día siguiente, y gracias a Google, no supimos su nombre verdadero.

Volviendo del Majestic Theatre de ver El Fantasma de la Ópera, del local de al lado salían los actores de una obra con actores juveniles a los que pedían autógrafos. Ni idea de quienes eran (ídolos locales, seguramente), salvo uno de ellos, que precisamente era el no juvenil, John Stamos. Mucho más guapo al natural que en las series (a los famosos que salen en la tele o en el cine, la cara les brilla distinto al natural, y están como más delgados. Tienen otra apariencia, menos de cera). Fue el único que se marchó a su casa en un coche con chofer. El resto de críos de la obra supongo que lo haría en bus o en taxi.

El día que más llovía (se pone y no deja de hacerlo en todo el día, y lo más probable, además, es que el viento te rompa el paraguas y tengas que comprar uno de cinco dólares a alguno de los hombres de color –eufemismo políticamente correcto- que los venden por las esquinas), nos cruzamos delante del Radio City Music Hall con Chris Noth, que también salió en Sexo en Nueva York y ha trabajado en Ley y Orden. Muy hogareño, cargando con una silla de bebé, con un sombrero. Este parecía más mayor que en la tele, pero más delgado, y con la tez de otro tono más real.

Y por fin, una tarde, subiendo por Park Avenue, a la altura de la 22 o la 23, coincidimos con James Gandolfini, que hace de Toni Soprano en Los Soprano. De hecho este hombre, que es enorme, caminó a mi lado, pegado a mi hombro derecho, un buen trecho de calle, pero yo no lo reconocí hasta que un pobre que pedía lo saludó muy afectuoso. Y para cuando me quise dar cuenta, ya no había tiempo de hacer el ridículo pidiéndole una foto y un autógrafo en una servilleta de Starbucks.

También nos sobrevoló el Presidente Obama en el Marine One, y pasamos espalda-pared por el Federal Hall de Wall Street cuando estaba dando un discurso, pero eso no cuenta, que podía ser él o no.

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