Sin entender el beisbol

Una de las tardes en nuestro hotel en Manhattan, después de un palizón de andar varias decenas de calles y antes de salir a cenar, JM y yo nos tiramos en la cama a ver en la tele un partido de beisbol. Llovía en el campo que se jodía, y las gradas no estaban muy llenas. Uno de los equipos era de Nueva York, pero el otro no me acuerdo (las letras de las camisetas eran rojas, y de ese estilo que tanto les gusta a los americanos, alargado y lleno de giros y enroscamientos). El caso es que media hora después todavía nos preguntábamos el uno al otro de qué iba el juego. Tampoco fuimos capaces de averiguar qué es lo que mascaban a papo lleno los jugadores, que de vez en cuando les hacía escupir. José decía que tabaco, y yo que chicle. Igual de asqueroso en cualquier caso.

Sinceramente, aquello es un soberano coñazo. Para que el del bate le endiñe un buen golpe a la bola y la mande más allá del campo, hay que esperar un montón de lanzamientos. Algunos jugadores están sobrepasados de peso. Eso, o que los trajecitos de pantalón ajustado que usan les quedan chicos. El diamante de juego (lo llaman así) es mucho más pequeño de lo que parece en las películas épicas del tema, y aquí no se tiran las gorras al aire al salir por patas de base en base. Y no hay hijo de madre de entender cuándo el lanzamiento es malo o bueno, y en consecuencia elimina al bateador o lo impulsa a la primera base. En resumen, y lo dicho: un coñazo.

El domingo, en Central Park, nos quedamos un rato viendo un partido amateur. Allí sólo un equipo tenía uniforme (camiseta en realidad), corría la cerveza oculta en bolsas de papel (como lo cuento), y sólo tenían un par de bolas para jugar. Poco glamur, y las mismas reglas: ni idea. Pero fue divertido, y logré no mancharme con la arena que lo cubría todo.

En resumen, que no sé cómo se juega al beisbol, aunque sí que me traje una pelota de souvenir (del Top of the Rock, en el complejo Rockefeller) que por lo que brilla y por lo que resbala me da a mí que para jugar no vale.

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