La medalla

Cuando yo era edil, el Jefe de la Policía Local andaba con una idea para aprobar la creación de una medalla con la que premiar a los guardias que hacen excepcionalmente bien su trabajo (bien deben hacerlo siempre, como yo el mío). Supongo que para engatusarnos a los que teníamos que votar, anduvo prometiendo que acabada la legislatura propondría la concesión de la condecoración a los miembros de la Comisión de Protección Ciudadana que éramos quienes sacábamos adelante o no el proyecto. El caso es que aquello de crear la medalla parecía normal y de justicia, así que se aprobó por unanimidad. Y el Jefe tan contento, pudo empezar a repartirla (cinco o seis por año, incluyendo una de reciprocidad a otros cuerpos, y alguna de peloteo, que siempre se le dio bien a este tipo).

Al dejar el consistorio, y llegado el momento de las propuestas para las concesiones de 2.007 (se entregan por San Miguel, allá en septiembre), supe que rechazó la propuesta que él mismo había ido dejando por las esquinas de los despachos cuando buscaba apoyos. Pidió que se votara por separado la entrega a cada miembro de la Comisión (4 del PP, dos del PSOE y 1 del PRC) porque no quería que se le concediera al que había sido presidente y su superior político. Tal era la inquina que le tenía, y de tan poco valor su palabra (esto en realidad ya me lo había demostrado varias veces antes, después de enterarse de que ni yo ni mi compañero en la Comisión íbamos a repetir como concejales y por lo tanto ya no se veía en la obligación de dorarnos la píldora ni darnos jabón). Finalmente, en un doblez más de espinazo (tiene mucho entrenamiento) decidió otorgársela al alcalde saliente.

No prestigia más a la medalla el hecho de que cualquier de los que estuvimos en la Comisión la llevemos en la chaqueta. La reputación se la dan todos los guardias que son buenos profesionales y sí pueden lucirla, con orgullo además. Pero desde luego, lo que no prestigia para nada es un Jefe pelota, marrullero y engreído, capaz de romper su compromiso con seis por dejar en la cuneta a uno (que de más de un marrón y de dos le habrá salvado además el culo).

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