Visita al médico

Qué decepción más grande, cómo ha cambiado la sanidad pública. ¡Me han atendido en el médico a la hora! No he tenido que esperar en una salita asépticamente blanca con mobiliario de piso de estudiantes atestado de viejos y viejas con sus males terribles. A decir verdad, estuve solo con una buena señora que había ido con tiempo: 40 minutos antes de su turno (bien por si acaso, bien porque los canallas de sus hijos la habían dejado allí para evitarse aguantarla en casa). Y el doctor, que sí que llegó tarde (está muy estropeado; ha engordado, está hinchado y luce un color ceroso nada atractivo), me llamó presto y me pasó consulta. Eso sí, tan rápida como la espera.

Me sorprende la capacidad de médicos como el mío para hacer el diagnóstico. Este entra en éxtasis mientras le cuentas tu rollo, mirando a algún punto justo detrás de ti (y doy fe que ahí tan solo está la parte interior de la puerta, que no tiene nada y está pintada de blanco. El próximo día me voy a mover de lado a lado, a ver qué hace). Cuando acabas, como con miedo porque si no dice nada puede ser que se haya muerto escuchándote, se toca el mentón, mira al techo un segundo, y se vuelve a enredar en el ordenador, buscando en tu historial no sé bien qué. Luego te dice lo que ya sabes (que una vez te diagnóstico esto, y te recetó aquello otro, nada que ver con lo que ahora tienes), te hace alguna pregunta (del estilo de “y ese dolor, ¿es de tipo mecánico?”, o “¿crees que es musculo-esquelético?”; vamos, como si el médico fuera yo o estuviéramos jugando al Trivial), da la vuelta al taco de recetas de la impresora (siempre que voy están del lado de las de pensionista) y pega a la tecla para extender una. Fin de la visita. Yo siempre pregunto si es normal lo que tengo, si es grave, cuánto tardará en quitárseme. Lo que pregunta cualquiera, supongo. Él también me responde cada vez lo mismo: que no es nada, que se pasará con las medicinas que me da y que si no se me pasa, vuelva. Y olé.

Total, que en mi consulta de ayer no he podido escuchar a nadie durante la espera eso tan bonito y alentador de “un dolor como ese tenía mi cuñada, y mira tú: cáncer, no duró una semana”, y el ritual con el médico ha sido el de siempre: hola, esto tengo, esto tienes, esto te tomas, adios. Lo que digo, esto no es lo que era.

(PD. Me ha dicho que lo de la alergia es “porque algo habrá en el ambiente que me la provoca” (“no lo sabes tú bien, ladrón” estuve por decirle yo), y me ha cambiado el antihistamínico para no quedarme como un koala cuando lo tenga que tomar. El dolor del pecho “es normal” y se me quitará “solo”).

One Response to Visita al médico

  1. gatorabioso dice:

    Magnifica descripcion de una consulta médica de la SS. Sencillamente fabuloso, en su simplicidad y en la manera en que das en el clavo. Muchas veces, desde el otro lado,los médicos han perdido por completo ese punto de contacto con los enfermos, que supone mucho más del 50 % a la hora de curar. Antaño se hablaba de “ojo clínico” y las sociedades primitivas aún tiene sus brujos, pero son auténticos vínculos con el enfermo.
    Personalmente hecho en falta que el médico te oiga, te examine –usando la vista, el tacto, el oído y el olfato — y al final te diga con palabras “normales” qué te pasa.
    Felicidades otra vez

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