Este viernes es como un jueves

Hoy es jueves. En realidad es viernes (no estoy gagá aún), pero tengo la empastada y el tostado de los jueves, que es el día que más sueño arrastro. Se me ocurrió anoche quitar el edredón de la cama, y bendita la hora, escogí la peor noche de frío, viento y lluvia desde enero. Duermo bajo techo, por si alguien cree que lo hago en un cajero (los del barrio están todos ocupados. Voy a proponer a los bancos montar una central de reservas). Así que no he pegado ojo en toda la noche, dando vueltas huyendo de las partes frías de la cama y tratando de encogerme sobre mí mismo lo más posible para no perder calor. El cambio climático este de las narices (mi amigo Jesús dice que digo muchos tacos, así que no diré “de los cojones”) me va a matar. Con el calor en exceso se me acentúa la alergia y los picores (y no puedo tomar mucho medicamente que me provoca sueño, y luego estoy también empastado, pero esta vez por culpa del amomamiento de la ebastina). Y el frío no lo soporto. Si cada cosa sucediera en su estación, y de forma moderada, pues sería más llevadero.

Por no hacer post monotemáticos, voy a ir intercalando en los que cuelgue anécdotas de la mili. Es lo que nos queda a los mayores, que los jóvenes se pierden. En Armilla, en el Ala 78 (que es una escuela de helicopteristas), una mañana, antes de que izaran la bandera por la mañana, volvíamos unos cuantos soldados-alumnos de la cantina. Yo me había comprado una bolsa de patatas fritas. Para evitar tener que quedarnos firmes y saludando a la bandera durante su izado o al arriarla, procurábamos estas en cerrado cuando tocaba hacerlo. Aquel día, el momento estaba cerca, así que salimos corriendo hacia el pabellón. En mitad del patio de armas, se me ocurrió aplastar la bolsa de un golpe con las dos manos para que el propio aire la abriera por arriba. Pero resulta que la cabrona se abrió por abajo, y se fueron todas las patatas al suelo. Justo en ese momento comenzó a sonar el himno, y allí me tuve que quedar con las patatas a los pies y por el uniforme, firme y saludando, y aguantando el descojono de los que sí pudieron llegar a techo, y no hicieron el gamba con sus bolsas de patatas. Al final, hice el ridículo, manché el patio y me quedé sin patatas.

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