Domingo de tunel y donuts

He formulado una teoría: la del puesto con más mierda de todos los del mercadillo del Pasaje de Peña. Hay que poner en relación la cantidad de gente que lo rodea, y de esta la mayor edad de los que lo hacen; los decibelios de los gritos del vendedor “vamos, vamos, todo a un euro”; la intensidad del recelo en la mirada de los chatarreros de ambos lados; y los vendedores colaterales que le salen al puesto (esto es, los que vacían dos bolsas grandes con cosas que no se encuentran ni en la basura, y que se colocan justo enfrente por si cae algún despistado). Es increíble la cantidad de miseria que cabe en una mesa de playa de 2 metros por uno. Mira que he intentando veces dar con la clave de por qué son los que venden deshechos los que más gente arremolinan alrededor. Pero nada, imposible. Si yo tuviera que poner un puesto de estos, no me comería un colín, porque ni con la mayor de las imaginaciones posibles se me ocurría qué rescatar de los cubos de la basura para revender con mayor éxito. A veces pienso que si lo que yo tiro lo colocara en una manta en el suelo un domingo en el túnel, lo mismo me sacaba unos euros. Pero se me pasa enseguida la idea. Lo que yo tiro, en comparación con eso por lo que la gente se pirra, está recién desembalado.

Por eso de distribuir el capital (el mío), los fines de semana reparto mis desayunos entre varios establecimientos de hostelería (es decir, entre varios cafeses de la ciudad; y no es que desayune varias veces, que eso lo dejo para entresemana). Y vaya con las diferencias de precios. En el de siempre (que desayune en ellos no quiere decir que esté obligado a hacerles publicidad) por 3,20 lo tengo hecho. En el de menos siempre pero más céntrico, fluctúa no sé bien por qué entre los 3,40 y los 3,80 (siempre tomamos lo mismo; debe ser cosa de la camarera). Y en el de de vez en cuando, no baja de los 4,20. Todo en apenas 800 metros. Para que luego digan que Santander no es plural (eso y cosmopolita le ponían siempre en los discursos a un alcalde de Santander con el que me tocó convivir como concejal cuatro larguísimos años que parecieron una condena. Por lo de aguantar a este tipo me refiero). En el de 4,20, un día me ofrecieron cambiar el donuts “blanco” (no sé por qué lo llaman blanco, si no es blanco. Lo hacen por contraponer con el de chocolate, que es negro pero que salió más tarde al mercado. Pasa aquí como con lo de las flores naturales y las de plástico…) por un croissant a la plancha. Creí que la camarera lo hacía en plan guiño, como diciendo sin decir que el donuts no estaba del todo para comer y que mejor el croissant. Bendita la hora en la que me fié de mis intuiciones. Aquél chisme estaba más seco y pasado que una momia. Por lo bajines me cagué en la madre de la chica varias veces, tantas como trozos del croissant acabaron en la mesa, en el pantalón o encima del periódico cada vez que lo pinchaba y se deshacía en pedazos. Al salir pude ver los donuts “blancos”, radiantes y como con media sonrisa de ironía en plan “tonto, mira que tomarte el croissant de antes de ayer”. Ya no pido croissant.

One Response to Domingo de tunel y donuts

  1. Fernanda dice:

    Victor… desayuna en casa “de vez en cuando” que te saldrá mas barato y sólo tú gestionas cuándo lo compras ;)

    Besazos.

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