A punto de tener un gato

Un día decidí que me iba a comprar un gato. Como era por la noche y tenía tiempo, por asegurarme, me puse a consultar algunas páginas webs sobre gatos. Me costó escoger dos o tres que parecieran solventes. Y ahí comenzó mi drama.

Lo primero a resolver era la raza. Que si grande, que si enano, que si con más pelo, que si con menos pelo, que si con unas largas, que si sin uñas, que si con cola, que si sin cola. Después la edad, aunque aquí las opciones eran sólo dos: pequeño o más pequeño.Luego tocaba seleccionar el tipo de arena para que el bicho haga sus cosas. Clásica, marrón, sintética, con grumos, perfumada, de colores, que se transforma en gel, de playa, de cantera. Después la comida, que depende de la raza y de la edad. Pero también de si el gato hará mucho ejercicio, poco o ninguno, de si subirá a los sofases, saltará por los muebles, tendrá juguetes, o saldrá de paseo. A partir de aquí vienen las cosas del confort, que implican obligación de comprar. El animal necesita rascador de uñas y de espalda, pelota para morder y pelota o ratón para perseguir, cama de noche y cajón de día, un cascabel y la bolsa de viaje. Para acabar la selección, y después de seis o siete pantallas de recomendaciones médicas y cuidados sanitarios a tener muy en cuenta, cualquier de las páginas terminaba con las advertencias más severas: el gato soltará pelo sí o sí, y el gato arañará los muebles te pongas como te pongas.

Pues bien, cuarenta minutos después de mi primera decisión, tomé la segunda: a tomar por el culo, ya no hay gato. Y hasta hoy.

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