A la vuelta del fin de semana

Me dan mucha pena esos hijos de madres pijas que los sacan a la calle disfrazados con ropas imposibles de hace dos siglos. Las niñas llevan vestidos de raso en tonos pálidos cargados de lazos enormes, chaquetillas de lana blanca y manoletinas de charol. A los niños les largan pantalones cortos de paño verde, chalecos y chaquetas a juego, medias altas y botas con borlones, también de charol. Se salvan sólo de los lazos. Esto que hacen las madres, que seguro que esconde alguna frustración infantil con las muñecas, debiera ser delito. No sólo porque hacen a sus chiquillos el hazmerreir de sus compañeros de clase y de sus vecinos del barrio, sino sobre todo porque les convierten en unos ridículos de por vida que acaban adornándose de mayores como si fueran árboles de navidad.

En Madrid todo lleva otros ritmos. La gente que corre porque pierde el tren, la gente que no corre porque pasa de todo, los chinos que no corren ni dejan de correr pero sonríen mucho, los que están de paseo que parece que no corren pero sí que corren, los que van con prisa y no corren aunque da la sensación de que sí lo hacen, y nosotros que no somos ni unos ni otros ni chinos. En Madrid si tienes prisa estás perdido. Y si no, también.

En el Vips los días de fiesta no hay un dios que coma. No porque no haya mesa, sino porque inevitablemente las que hay están rodeadas de familias con niños. Y todo son gritos, golpes, aspavientos, carreras, levantarse, y dar por el saco. Los padres no se inmutan. Si acaso te miran mal como protestes, que la mierda de su hijo tiene todo el derecho del mundo a hacer diana con los espaguetis en tu chaqueta. O a tirar la cocacola en tu mesa. O a tropezarse contigo las cincuenta veces que ha querido ir al baño en una hora. Voy a sugerir al dueño de la cadena que a los sufridos usuarios de sus restaurantes que padecemos a criajos insoportables y a los imbéciles de sus padres nos hagan descuento. O mejor, que nos regalen el postre, que además de costar cinco euros, por la hora en que nos llega, con las familias en retirada, es lo único que podemos tomarnos en paz. Por cierto, que la carta incluye unos minipostres que llaman vasitos, con chocolate y nata, y tarta, helados o turrones, que tienen toda la presencia de ser las sobras de sus hermanos mayores, los postres de verdad. Con la crisis, ya se sabe, hay que aprovecharlo todo.

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