SDR-MDR, vuelo IB 8869

Barajas es grandioso. Para mi vuelo a Granada del miércoles tuve que hacer un viaje de cinco minutos en un tren que conecta por un túnel lleno de curvas la terminal principal con la satélite. Muy divertido, como el tren de la bruja. La satélite deja mucho que desear. No hay casi de nada. Desde luego, ninguna de las tiendas-glamour que venden ropa de marca y perfumes caros (al mismo precio que fuera, pero con la categoría de estar compradas en las tiendas del aeropuerto, aunque esto ya no vende clase como cuando lo de volar era cosa de gente de pasta. La democracia ha hecho tanto daño a eso de las clases sociales y sus señas de identidad…). La terminal esta es como un añadido pobre a la T4 principal. Como que se les quedó pequeña a medida que la hacían y sobre la marcha idearon el parche. Parece la hija ilegítima de un conde, digna pero más modesta que su hermana.Salimos con una hora de retraso. Nos contó por los altavoces del avión una voz que se identificó como “el comandante” pero que bien podía ser una grabación, que la culpa fue de un cambio de avión a última hora. Aquí todo siempre es a última hora, en el último momento, deprisa y corriendo, una excusa que nos queda siempre cojonuda para justificar la chapuza española.

Caminando ya el avión hacia la cabecera de pista para el despegue, una madre histérica pidió a gritos un médico para su bebé. Se le había desmayado y se estaba poniendo azul. De la nada apareció un doctor -siempre surge un médico de la nada ante un grito desesperado, lo que quiere decir que hay muchos y están por todas partes- que revivió al crío con unas gotas mágicas del botiquín del avión. Ahora que ni intención hubo de dar media vuelta. Entre el sobrecargo, el médico y el comandante se lo guisaron y al aparato despegó. El médico debía ser bueno, y el bebé no tener nada grave, porque de lo suyo nada más se supo en todo el vuelo.

Me he dado cuenta de que han cambiado los textos que te anuncian las siete plagas de Egipto si te sueltas el cinturón antes de parar después de aterrizar, o enciendes el móvil antes de echar pie a tierra. Los han hecho con un lenguaje más de ahora, aunque siguen sin entenderse porque la azafata lo lee como con chicle en la boca y desgana, y no los hace caso ni cristo. También las instrucciones de emergencia son nuevas. Una de las auxiliares me obligó a leerlas porque mi asiento estaba en salida de emergencia (siempre pido asiento en salida de emergencia porque hay más espacio y me entran mejor las piernas). Me preguntó si estaba dispuesto a colaborar en caso de tener que desalojar el avión. No sé que creería que iba a responderle. Quién puede negarse si eso te asegura ser el primero en tener la oportunidad de salir por patas en caso de necesidad. Me he aprendido las normas y así para la próxima esos minutos de espera antes de despegar los puedo ocupar en mirar por la ventanilla, o en tratar de ajustar el tubo del aire acondicionado, que no hay dios que consiga que de el aire que tiene que dar cuando hace falta que lo de.

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