Corruptelas por metros de tela

Tengo cuatro trajes, de Zara todos ellos. Son los que más me gustan, mejor me sientan y más convenientes me resultan en la relación calidad-precio. Y me los he pagado yo los cuatro. Ahora los uso poco, casi nada más que para participar una vez por semana en el coloquio de una televisión local, pero en el tiempo en el que me dejaron ser concejal me los ponía bastante. Es normal. La representación pública requiere formalidad, incluso en el vestir, y el traje parece ser que la da. Confieso que de las corbatas, alguna es regalada. Estoy pensando en la roja, que un accionista del Santander regaló a mi madre cuando trabajó en un hotel de la ciudad, y ella me regaló a su vez a mí. O en la rosa, que me trajo mi amigo Alejandro de China. O en una con los símbolos de la Armada con la que me obsequió hace años un hombre al que conocí, Ramón Bustamante.Pero vamos, pequeños detalles a cambio de los que nadie podría esperar otra cosa que no sea mi agradecimiento y que me la ponga de vez en cuando. Al fin y a la postre, ni yo firmo adjudicaciones milmillonarias ni son regalos de contratistas que pretenden con ello comprar favores.

A cuenta del fregado este de Camps y sus trajes, me he acordado yo de los míos. Más que de ellos, de las facturas de cuando los compré. No las conservo ya. Si Garzón concluyera que también a mi me los pagó Correa a cambio de organizar eventos con cualquiera de sus chiringuitos trinca-tela del erario público, no sabría cómo demostrar que no. Pero tampoco podría si el primer chiquilicuatre al que le caigo mal dijera que son el precio de mis actividades sexuales como puto. Es lo que tiene dejar a los medios de comunicación cargarse el principio de carga de la prueba, que ahora debe uno demostrar que es honrado cuando le llaman ladrón, o puto, en vez de esperar a que quién acusa presente las pruebas de cargo. De todos modos, me resultaría de lo más descorazonador tener que venderme por un traje, por muy de sastre que fuera. Y terminar descubriendo que Camps lo ha hecho, también sería desalentador. Me cuesta imaginar al presidente valenciano en el oscuro reservado de un comedor lleno de humo trapicheando con cientos de miles de euros y acordando que su derecho de pernada son unos simples trajes de El Corte Inglés de unos cuantos cientos. Porque es bien cutre prostituirse por unos metros de algodón confeccionado, aunque seguro que más de un pringado de la política, que es una viña de tanta uva y tan diversa, ha caído en la tristeza de cambiar dignidad y amor propio por un poco de tela.

Ojo, que no digo yo que Camps sea trigo limpio. Demostrar eso ahora, o lo contrario, o lo que sea, es cosa suya y de los jueces. Lo que digo es que se me hace un poco cuesta arriba de creer que por una mierda de trajes recibidos de un chorizo pretencioso y aldeano, un tipo tan elegante como él, al que le queda la ropa de cine, se haya dejado arrastrar al feo mundo de la corrupción política, tan a la vista de la prensa diaria y cada día en esta pobre España nuestra. Y si así ha sido, espero que lo haya hecho por una pasta gansa en una cuenta secreta en las Islas Caimán, que desde luego para esto de las prevaricaciones y los sobornos tiene más clase y viste mucho más que cualquier terno gris marengo.

Correa tiene todas las trazas de ser un sinvergüenza. Y con él esa caterva de canallas que se han pulido el dinero de los demás para hacerle rico y un hortera a cambio de unas comisiones de nada (un Jaguar por poner un caso) con las que aparentar a un tiempo, supongo, poder para dar y quitar contratos y ninguna clase. Por lo general, los ladrones tienen poca, por mucho que se vistan con elegantes trajes de ralla diplomática. Camps tiene pinta de señorito de toda la vida que no necesita meter la mano en la caja o hacerse el sueco para que la metan otros porque en su casa, “mamá siempre tuvo servicio”. Es lo que tiene la derecha bronceada, que va sobrada de parné y de estilo para el mangoneo, del todo incompatible con una cosa menor como esto de los trajes.

En nada sabremos cómo sale parado Camps de esta opereta nacional, pero estoy por apostar que lo hará sin una sola arruga. Palmarán el desgraciado del sastre y el macarra de Correa, pero él fijo que se va de rositas, le hayan pagado o no los trajes. Si de algo servirá la lección, a él y a todo ese mundo de Dios que forman los políticos, será para tener mejores amistades y sobre todo guardar los tickets hasta del supermercado. Porque para además de ser honrados parecerlo me temo que no.

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