Menunda pasta el menú del día.

De vez en cuando tengo que llevar el coche al taller. Tiene ya cuatro años, y hace ruiditos por todas partes que me ponen de los nervios, así que cuando escucho un clic-clic nuevo, allá que nos vamos el C4 y yo hasta El Campón, en Peñacastillo, para que le toqueteen a cargo de la ampliación de garantía (600 euros me costó la broma). El caso es que la mayoría de las veces lo ventilan con un cambio menor de alguna pieza que es la que no cruje y unas palmaditas en la espalda junto a la frase, que también me saca de quicio, de “ese ruido es normal, lo hacen todos”. Que se creerá Rita, porque conmigo suena a “no te cambiamos lo que hace ruido porque no nos da la gana, que eres un plomo”.La semana pasada lo llevé por tres ruidos y una chorrada, y evidentemente le dieron solución a la chorrada. Los clac y los clonc, que ya me están hartando de tan fieles compañeros de viaje que se están haciendo, se volvieron conmigo y con una nueva cita de taller para ayer mismo, porque como también pasa siempre, justo de tu pieza no hay recambio y es preciso pedirla. Y como siguen viniendo de Alemania, tardan. Total, a las 3 como un clavo dejaba yo mi coche en manos de los mecánicos (con más miedo que vergüenza, que me sigue quedando en el cuerpo esa desconfianza que te lleva a imaginar que para arreglar una cosa rompen dos), y encaminaba mis pasos hacia el Carrefour que está a la vuelta de la esquina. En este caso, a la vuelta de la montaña, y después de 40 minutos andando bajo el sol. Porque el jodido taller está a tomar por el culo, lejos de todas partes y sin comunicaciones.

A las cuatro menos veinte cometí el segundo error del día (del primero no me acuerdo, pero fijo que fue levantarme de la cama): pedir de comer un menú del día en un bar del centro comercial. Mi intención original era un bocata en el Pans, pero el local estaba vacío y me dio apuro. Que si bien triste es comer solo, más lo es en un sitio donde además no hay nadie en las mesas de alrededor. Así que menú. Joder, y santo menú. Todavía tengo ardores. De primero, guisantes con jamón. Eso dicen ellos que era, vamos. Estaban muy cocidos, y a mitades deshechos y muy deshechos. Una pasta verde, llena además de pellejos, con varios trozos de jamón que desde luego sabor no daban. Ni color tampoco. De segundo, revuelto de setas. Para entendernos, unos huevos batidos con champiñones. Sosos por demás, aunque culpa mía comérmelos así. No me atreví a pedir sal por no ver qué me traían. Aquí si había color: unos trozos de algo rojo que estaría por jurar que era pimiento, aunque seguro del todo no estoy. Y de postre tuve la ocurrencia de pedir pudding de queso, para que me dieran un trozo de arena compactada. Eso sí, con bien de caramelo por encima, supongo que para mantener la cohesión y la fuerza del engrudo. Se salvaron el agua y el pan. Me ofrecieron café, pero con el panorama que se estaba formando en mi estómago y lo lejos que estaba de mi casa, decliné amablemente la invitación, pedí la cuenta, pagué 9’50 euros y salí por patas a por mi coche.

Iluso de mí, creí que en los otros cuarenta minutos de vuelta al concesionario algo de digestión de los comistrajos me haría, pero no. Definitivamente se formó un volcán que todavía está en erupción. De lo malo malo me pusieron el motor del espejo exterior derecho del coche, y parece (no he mirado bien) que no me han roto nada. En junio me toca pasarle la revisión, pero ni se me ocurre otra vez llevarlo a las 3. Prefiero caminar hacia el curro a las 8 de la mañana que tener que pasar otra vez siquiera por la posibilidad de ulcerarme con un veneno como el que me dieron ayer. Y si no queda otro remedio que usar la tarde para los 190 euros de repaso del puñetero coche, me llevaré unos sandwiches de casa.

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