Dos programas de TV tremendos.

Por pura casualidad, haciendo zapping, he visto este fin de semana dos programas tremendos. El domingo, la misa en la 2. Y el sábado, el sorteo de la lotería nacional. Además de parecerme que seguíamos en los setenta, que es de cuando yo recuerdo siendo niño estás retransmisiones, el contraste con cualquier programa moderno era más que evidente.

El sorteo ha sido lo más triste que han podido dar en una televisión en la última década. El tono de voz del comentarista hubiera estado bien para radiar una procesión de Semana Santa o un funeral de Estado. El salón del sorteo estaba vacío, hacia eco y era antiguo. Y los jóvenes que cantaron los números tenían tanta gracia como un jesuita tocando flamenco.Ni exaltando las bondades de Almería, que era donde estaban con este sarao lúgubre, le dieron vida al velatorio. Qué lástima, qué pena me dio. Y no sólo por lo cutre de la emisión, que supongo que transmitir cómo se sacan bolas de goma de un bombo no de para mucho alarde cinematográfico. Fue el todo. La voz en off, como de llamada a la oración de un tanatorio; los asistentes, por las calvas señores mayores que no se habían visto en otra saliendo por la tele; el salón, igualito que el de actos de mi colegio allá por 1976; los trajes de los niños, que parecían de primera comunión pero sin dorados ni corchetes. Ni los ayudantes de la Cruz Roja, a cuyo beneficio era el sorteo, que se dice con lenguaje de antes, consiguieron poner color a una transmisión que podían haber hecho en blanco y negro sin que se notara nada raro.

Lo de la misa del domingo ya fue otra cosa. Era en un templo moderno, así como en forma de gradas semicirculares con un altar en el centro tan grande como una mesa de ping-pong, atestado de señores vestidos de fiesta con sus señoras de pelo rebozado en laca y sus nietos con camisas de colores y zapatos brillantes de los que a los pobres sólo ponen los festivos y cuando va gente a casa. El cura principal, todo un obispo rodeado de más curas todos conjuntados en púrpura de Dolorosa, tenía ese aplomo (y la tripa) que sólo da la curia. Todo estaba muy cuidado,con muchos planos de cámara que han cogido a todos los presentes para que nadie dejara sin justificación las compras de ropa ni las pinturas de la cara (las sonrisitas mirando de reojo y los gestos de compungido sentimiento más falso que los billetes de siete euros delataban al personal no abonado a la celebración todos los domingos), fundidos artísticos con veladuras, sonido con ecos figurados para resaltar los cánticos. Como dios manda, vamos. Nada que ver con el lánguido sorteo. Se nota aquí que está la Iglesia detrás, que ni deja nada al azar ni que con lo suyo se hagan chabacanadas.

El caso es que las dos retransmisiones, tan distantes en el tono y en la calidad, me parecen lo más rancio de la televisión pública. Me pregunto yo por qué se siguen dando, cuando programas de mayor relevancia social y cultural duran tres días. Y mientras, ahí están los sorteos-funeral y las misas-escaparate puliendo minutos de tele que cuestan un pastón.

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