Me cago en el ruido y en los ruidosos

No soporto el ruido, y no soporto a mis vecinos porque hacen ruido. En el piso de arriba vive un potro. Va de un lado para otro de la casa como si estuviera en el hipódromo. Y cuando la meta es la cama, acelera, salta y hasta emite un gritito de lo más desagradable. Además es un potro con muñones en vez de manos, porque cada dos por tres se le cae algo con mucha estridencia. Me tiene frito.

Justo enfrente viven otros ruidosos, en un lote que incluye un niño chico, que son el no va más del hacer ruido. Del deambular por su casa no me entero, pero de los hostiones al cerrar la puerta doy fe. Son una troupé que entra y sale a gritos, y que se acaba de completar con un pájaro que pía hasta de noche. También me tienen muy harto.

Pero el que se lleva la palma es el hijo de puta del vecino de puerta. Es viejo, vive sólo y está medio sordo. Tiene muy mala baba (desenrosca las bombillas de la escalera dice que para ahorrar), pone la televisión que se puede oír desde la calle, le pierde agua a chorros la cisterna y me ha perdido el respeto. Tengo los nudillos en carne viva de dar golpes en la pared, pero pasa de mi. De vez en cuando, a voces, me cago en su madre y le amenazo de muerte, pero que si quieres arroz Catalina. Hasta el punto de que por las noches me tengo que poner tapones al irme a dormir. Con los que, por cierto, me oigo desde dentro, pero no espiritualmente hablando como de día después de una cogorza, sino literalmente: la respiración, los latidos, las articulaciones(crujen por la edad).

El ruido es al cáncer de este siglo, y el estrés que provoca debería ser eximente de la responsabilidad criminal, por sí en un mal pronto un vecino cabrón y ruidoso va por una ventana.

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