En el Valle de los Caídos

Este fin de semana pasado he visitado en Madrid el Valle de los Caídos. Nevaba, y hacia un frío de tres pares de narices. No había mucha gente. O el sitio ya no está en las rutas turísticas o es que enero no es temporada. O que la gente prefiere el Prado antes que el monumento de los ganadores de la guerra a los ganadores de la guerra para humillación de los perdedores de la guerra. El caso es que éramos cuatro gatos viendo el monumento. Sin pasiones, el sitio está bien. Muy cuidado, limpio, vigilado. Y los visitantes muy respetuosos. En las tumbas de José Antonio y del general Franco el único adorno eran unos centros de claveles blancos y rojos, de los baratos que se ponen en las bodas de bajo presupuesto. Ni requetés, ni guardia mora ni camisas viejas o luceros cara al sol. Es lo que tiene que pase el tiempo. Que quienes pretenden ser recordados como grandes hombres no habiéndolo sido pasan rápidamente al olvido. Sucede en vida, conque con más razón cuando se quedan tiesos.

El caso es que el Valle de los Caídos ya no es lo que era. Gracias a la democracia y al coraje restaurador de la memoria histórica de la izquierda que ahora nos gobierna. La excursión cuesta cinco euros por cabeza, que es bien poco por ver el resultado de la megalomanía del dictador. No se puede subir al funicular ni a la base de la cruz porque están de obras. Eso es que nada indica que el derribo esté cercano en el tiempo. Y ni falta que hace, porque en la mente cívica del pueblo español, Franco es sólo un mal pasado y su régimen, una experiencia a no permitir que se repita jamás. Y lo mejor que puede hacerse es visitar la basílica, pasar por delante de su tumba y mirarla con indiferencia.

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