Rosi de Palma casi pierde su vuelo

En Barajas, anoche (lunes 2 de febrero), Rosi de Palma pudo coger el avión a París in extremis. Divina, toda de negro, con su trolley de cuatro riedas a juego y un gorrito de lana, cruzó los pasillos corriendo arrastrando los pies y bamboleándose de lado a lado en un elegante baile de “estoy buscando y no encuentro“, llegó a la puerta K90 cuando el avión ya se iba, se puso en jarras y esperó a que la divina providencia, el caos de los vuelos retrasados y la ágil gestión del personal de tierra de Iberia lo pararan y le dejaran embarcar. Mientras la chica del mostrador hablaba por teléfono, ella hacia gestos con la mano como diciendo al comandante “aquí, estoy aquí, he llegado“, en una estampa de lo más divertida y de lo más inocente. Y al final, la puerta del finger se abrió y la actriz se subió al avión. Toda una escena, pero nada aparatosa, sencilla, ideal. Sin estridencias, sin espectadores, como la vida misma. Yo de mayor quiero parar los aviones como Rosi de Palma.

(Este suceso es real. Fui testigo mientras yo esperaba mi embarque y rezaba para que no me lo retrasan cuatro horas por razones operativas, que es ese eufemismo para el “jódase, que a mi plin” que usan los pobre pilotos).

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