El show del supermercado

En un supermercado de barrio es donde mejor se ven las rarezas que se nos van poniendo con la edad. Ayer sábado, delante del cajón del pan, pegada como una lapa, una señora mayor se ha tirado más de cinco minutos eligiendo barras. Pensé que las querría blandas, o calientes. Pero no. La mujer ¡las estaba midiendo! Como si la bicoca fuera dar con dos de tamaño descomunal, fruto de un golpe de suerte lotera. Manoseó todo el cesto para cargar al final con dos como las de todo el mundo. Explícale tú a la buena de la señora que los panaderos no hacen las barras de varios tamaños ni por error porque no son tontos. Luego, en la caja, un paisano también ya con cierta edad estaba empeñado en darle a la hebra con la cajera a cuenta del parecido de otra de las empleadas con una actriz de CSI. Que si el pelo igual, que si los ojos, que si el porte, que si la expresión. Tres clientes duró la chapa. Y el colofón lo puso la encargada, que no tiene años pero sí mucha gracia, cuando le preguntó a su compañera de caja, literalmente, “quién hay por ahí que no esté”. No sé si el que no estaba debía estar, pero ambas cosas a la vez, estar y no estar, parecen difíciles. Ay, que bueno. Hasta comprando puedes estar a la vez en el circo.

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