Los jefes de escalera (y de garajes)

Todo buen edificio de viviendas ha de tener un jefe de escalera gilipollas. Y si el de los garajes también lo es, la carambola patética es completa. Nunca he logrado entender qué mueve a un vecino a querer ser presidente de la comunidad. Siempre me ha parecido que es una labor para jubilados, gente sin vida social y aburridos, que se creen que la mierda del cargo les da alguna relevancia entre sus vecinos. En el barrio de mis abuelos, donde me crié -en Porrúa– tenían contratado a un señor para meter miedo a los chavales y que no pisáramos los jardines ni las zonas de hierba. Algo así me parece a ratos el jefe de escalera. El que riñe si dejas bolsas en el descansillo, llamas a los dos ascensores a la vez o no cierras bien la puerta del portal. A veces, también asume el papel del listo que sabe de leyes, derechos y deberes, y que embarullado entre conceptos que no entiende pero usa con desparpajo, es palabra de Dios con las cosas comunes. Una desgracia, en cualquier caso, que provoca más problemas de los que resuelve, y que se ocupa de tonterías que casi siempre tendrían mejor solución sin el concurso de un imbécil que se cree delegado del gobierno.

En mi garaje tienen un contencioso con uno de los bloques del edificio a cuenta de una filtración de agua. Parece ser que una gotera por un tejadillo mal impermeabilizado ha estropeado el motor de la puerta de salida. El presidente ha exigido a la administradora del edificio que arregle el problema, además del pago del motor roto. La administradora se niega a la obra, y el presidente ha decidido que se va a enterar la señora, porque no piensa cambiar el motor hasta que no reparen la filtración. Y hasta que eso pase, los sufridos usuarios tenemos la puerta bloqueada y un único punto de acceso. El tío se ha quedado tan ancho, como sí su decisión fuera el no va más de la presión, cuando lo que de verdad es es una putada que a la administradora le da risa porque ella no guarda allí su coche. Este es el tipo de cosas que además de dejarme con la boca abierta cuando las conozco, me reafirma en la idea de que el más tonto del grupo termina siendo el jefe.

(Llevamos dos meses con la puerta inutilizada, un peligro que nos tiene a merced de que la otra no se rompa también y no podamos sacar los coches o meterlos. Y parece que la cosa va para largo, que el bobo este no cede).

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