La caida de la bolsa

Ni tengo acciones ni sé de economía más que lo justo para apañarme con mis cuentas domésticas, pero me he tirado toda la semana pasada siguiendo la cotización del Ibex35. Me lo he pasado como un enano. Encontré en internet una página muy chula, con colores, flechas y gráficos, llena de números y porcentajes, que se actualizaba en tiempo real. O sea, que he vivido el batacazo en directo. El tópico de los días negros de los inversores, como si para los obreros no fueran todos los días negros -sobre todo a fin de mes, ese momento que ahora empieza ya el día 5-. Que panzada me he pegado de imaginarme a los ricachones corriendo para el baño con las cagaleras de la muerte mientras su dinero se iba camino del lerele envuelto en un caos financiero “sin precedentes” -hasta mañana o pasado, que es lo que pasa cada vez que algo es lo primero del siglo, o del año, o no tiene parangon en el tiempo-. Inversores con la cara amarillo-cera, echando cuentas de las millonadas pérdidas.

En el fondo no me dan pena. La pasta que se juegan no suele ser del todo suya, y las consecuencias del desastre las terminamos pagando los que vivimos de una nómina. Pero mira, que se jodan y pasen un mal rato al compás de las líneas hacia abajo de los gráficos. Yo me doy por satisfecho con la diversión de suponerles caídos sobre sus lustrosos sillones de piel con una lipotimia. Que crisis de verdad la de los atados a una hipoteca y con hijos a los alimentar.

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