La memoria de Solbes y un híbrido

Qué risa, que a Solbes le han cabido los presupuestos en un lápiz de memoria usb. Dónde queda la foto de la furgoneta abarrotada de papeles a la puerta del Congreso. Aquello era España pata negra. Pero la jodida tecnología nos está robando nuestras cosas más cañís. Mira que a Solbes eso de desbordarse en lodo de carpetas le pega un huevo. Le va la imagen de funcionario de antiguo, terno gris, zapato mocasín, corbata de nudo pequeño y olor a papeles amarillentos. No sé si es por el retrato por lo que el hombre es un coñazo, o por ser un coñazo se refleja en esa imagen. El caso es que las cuentas para 2009 le entran en una memoria digital de las que cuestan 10 euros en El Corte Inglés. Bien actual el ministro y bien barato. Por hacerlo más divertido podía haberla llevado amarrada con una cuerda como iban los legajos de notario del siglo XIX. Que lo mismo lo pone de moda y se le recuerda por algo distinto que por ser el tío más triste de todo el Consejo de Ministros.

He conducido un híbrido automático. Y me cago en la madre que le parió a la ecología. Ha sido un show arrancarlo, y otro encontrar el freno de mano para quitárselo. Aquello iba lento y con una alarma como loca avisando de algo que resultó ser el cabrón del freno. Donde yo tengo el de mi coche aquí hay un bonito cajón forrado en polipiel, así que hubo que buscarlo. Nada fácil: en el automático es un pedal que encuentras justo cuando no queda más habitaculo donde mirar cinco minutos después de parar en un arcen. Luego está el motor. De parado no hace ruido. Se sabe que está en marcha por la luces de la pantalla-discoteca. Y así se queda hasta los 40 kilómetros por hora. Pero a partir de ahí, la máquina se pone a rugir como el león de la Metro-Goldwy-Mayer, y la mano acaba cogiendo la nada donde debería estar el cambio, que no está -esta mierda tiene una palanquita con tres letras y sus posiciones correspondientes, que en ningún sitio te indican cuándo hay que seleccionar y para qué-. Un desproposito de lo más ridículo. La guinda la ha puesto el sistema de ayuda al aparcamiento, que no había visto nunca en funcionamiento. Otra alarma de los cojones sacando de quicio sin saber por qué, de esas que te llevan a la paranoia de preguntarle a grito pelado al hijo puta del coche que qué coño le pasa, que si te quiere volver loco. Una delicia todo. Supongo que la próxima vez, de no ir en taxi, ya lo tendré controlado.

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