Maqueos, chinos y árboles

Hay que ver lo maqueados que van los chavales al instituto. Me cruzo por la mañana con muchos que salen para el cole como de domingo. Hasta los chándales tienen mucho glamour, y eso que es la prenda más horrenda y vulgar que puedes echarte a la cara. Supongo que será cosa de las hormonas, como todo en los quinceañeros, que las destilan por litros, y de las estrategias para ligar. A los críos se les nota más que a las crías. Alguno seguro que tarda en arreglarse tanto como su madre para una boda. Ellas van bien también, pero más como de andar por casa. Tengo que fijarme si usan manoletinas, otro espanto de la moda que merece fusil y paredón. El caso es que los niños y las niñas de instituto de hoy se repeinan como me repeinaba mi madre de chico, y hasta parece que se ponen ropa planchada. No sé sí las mochilas llevarán los libros y cuadernos que tienen que llevar, pero ellos van a la última en las tendencias del Vale y el Superpop. Si se preocuparan por los estudios la mitad que por ir monos a clase, otro gallo le cantaría al fracaso escolar.

Los chinos se han cargado en mi barrio otra tienda de las de toda la vida, una frutería. Claro, difícil competir con los higos a 4,99 el kilo, o los kiwis a no sé cuánto del todo-a-todas-horas chino. Siempre unos céntimos menos que en la frutería, aunque comprado al mismo mayorista. Eso me admira de los chinos. Compran donde los demás, venden más barato y así y todo les da para vivir. Es verdad que curran como chinos -de ahí seguro el dicho- y que viven veinte en una casa -esto suena más a leyenda urbana-, que se relacionan poco -tienen algo de misteriosos- y tienen poca vida social, pero son los reyes del mambo tumbando los negocios de los listos de los europeos. Yo de mayor quiero ser chino y poner un súper, aunque no sea más que por verle la cara de lila que se le queda al de la tienda de al lado cuando tenga que cerrar porque le como la tostada con el pan, la leche, la fruta y las galletas. Si es que ya digo yo que a Solbes había que cambiarlo por Fumanchú, que nos haría crecer poco pero constante, y sería más ameno en el parlamento.

Cada invierno me cago no menos de mil veces en la madre que parió al que tuvo la idea de plantar árboles en las ciudades. No adornan ni dan sombra, ensucian con las hojas y nos joden a los que somos altos y no podemos evitar golpear el paraguas con sus ramas, cuando no dejamos en ellas directamente la cara. No los podan, no sé sí porque este es un país de enanos y hay pocas quejas, o directamente porque es menos costoso que dejar que al que le partan los morros se arregle como pueda. El caso es que me tiene frito tener que elegir por donde caminar en función de que la acera esté cuajada de putos árboles con el ramaje a la altura de mi nariz o no. A cuántos habría pegado fuego de buena gana y me he tenido que contentar con echar unos juramentos.

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